¿No parece algo superfluo hablar de Dios hoy?
Hoy tenemos muchos otros problemas más urgentes y angustiosos. ¿Interesa hoy todavía el tema de Dios?>
Así se preguntaba el filósofo español don Javier Zubiri años atrás, en un curso sobre "El hombre y Dios", en el que pude participar y que fue dictado en la Sociedad de Estudios y Publicaciones, en Madrid, en 1968.>
Eso que llamamos Dios, decía Zubiri, es algo extremadamente vago, indeterminado y nebuloso; no es sólo que la palabra Dios carezca de una clara y universal significación, sino que la idea misma de Dios parece ser una idea vaporosa y evanescente.>
Sin embargo, continúa este filósofo, a pesar de las apariencias, nuestra época vive más dramáticamente que muchas otras del pasado el problema de Dios.>
Dios no es una realidad con la que tropezamos en la vida, como pueden ser los árboles, los hombres o la sociedad. Dios es una realidad que el hombre tiene que admitir. Admitir no significa lo mismo que creer.>
Se podría ver lo que ha sido el problema de Dios a lo largo de la historia. Esto nos mostraría cómo el problema de Dios ha sido vivido de modos diferentes en las distintas épocas de la historia. Sirvan algunos casos paradigmáticos:>
Siguiendo a Zubiri, descubrimos que en Israel el problema Dios ha sido siempre concebido como fidelidad al pacto (alianza). Es lo que los israelitas llamaban "piedad". Su contrario era la "impiedad", que consistía en no cumplir fielmente con el pacto de Yahvé con su pueblo. Cuando el Salmo dice: "Dijo el impío en su corazón: no hay Dios", se denuncia justamente esa infidelidad; no la negación teorética de Dios, sino el no contar con Él en la vida.>
En la época de San Agustín la situación histórica es la del derrumbamiento del imperio. El hombre experimenta su vida como inconsistente. El enfrentamiento con Dios se hará entonces por una entrada del hombre en sí mismo, en su espíritu, para encontrar, en su interioridad no amenazada por los eventos externos, la verdad. En el interior del hombre, habita la verdad, dirá San Agustín.>
La Edad Media se enfrenta con Dios de otra manera. De partida se encuentra con Él. El problema consistirá en ver si la razón demostrativa es capaz de demostrar su existencia y cómo lo hace.>
Avanzando en el tiempo nos encontramos con el filósofo Kant, para quien la existencia de Dios es una convicción, pero no ya una convicción de la razón teorética, sino una necesaria creencia práctica, esto es, fundante de la acción.>
¿Cuál es hoy nuestra situación frente al problema de Dios?, pregunta Zubiri. Para entender la cuestión tengamos presente que en todos los casos se daba un momento sobre el cual se montaba luego una creencia, una práctica o no práctica. Ese momento básico se centraba en que Dios funcionaba en la vida de los hombres por una afirmación o negación; Dios estaba allí.>
Hoy no existe esa situación básica. Al parecer no hay que preocuparse de Dios, sencillamente no existe el problema de Dios.>
A este primer carácter de nuestra situación se suma otro: hablar de Dios no tiene sentido; la palabra misma Dios carece de sentido. Estamos ante el ateísmo radical.>
Zubiri reúne las formas del ateísmo contemporáneo en tres grandes grupos. En primer lugar el "ateísmo vital", esa "vida atea" que necesariamente deriva de haber roto el sentido de lo que es o puede ser Dios.>
Para millones de hombres la vida humana tiene pleno sentido sin necesidad de apelar a un Dios. El llamado problema de Dios es ajeno a la vida. No hace falta Dios para vivir. Es lo que podríamos llamar, a diferencia de una negación, la "marginación" del problema Dios.>
El "Ateísmo político-social": aquí sí que se trata de una verdadera negación de Dios. Esta actitud culmina en el marxismo. En él hay una interpretación histórica del deísmo. No se trata de que Dios sea un engaño, una ilusión, sino que la creencia en Dios ha servido de explicación de ciertos aspectos de la vida y junto a ello ha desempeñado el papel de "resignación" frente a la opresión.>
Por otra parte, el hombre es concebido como algo constructivo lanzado hacia un "telos", un fin. Este "telos" ha sido hipostasiado en el teísmo como realidad trascendente. De aquí que el hombre queda enajenado de sí mismo. Negando la trascendencia, el hombre entra en sí mismo como absoluto.>
La negación de Dios no es una posición intelectual sino algo más hondo y decisivo. Dios es incompatible con la misma esencia de la humanidad.>
"Ateísmo religioso": ya Le Dantec hablaba de una religión del incrédulo. Esta idea cobra volumen en el momento actual.>
Se trata de salvar al propio cristianismo por medio del ateísmo. Se ve a Cristo como hombre. No es que Dios no exista, sino que su existencia es algo perfectamente indiferente al cristianismo. No entra para nada en la vida humana. En cambio Cristo sí. La realidad de Dios es suplantada por la fe en Dios. Es la llamada Teología de la Muerte de Dios.>
Se constata en estos ateísmos una ruptura entre la realidad y Dios, ideas expuestas muy detalladamente por Robinson. Por su parte, Hamilton añade que dos han sido las grandes fuentes de la creencia en Dios: "La inquietud humana y el sufrimiento". Pero hoy nadie siente esa inquietud metafísica y además es la comunidad de los hombres la que debe encargarse de mitigar esos sufrimientos con el amor. El centro de esa comunidad de amor es Cristo y Cristo es simplemente hombre, no Dios. Contra lo que decía el Concilio de Calcedonia, no hay en Cristo dos naturalezas, lo que hay son dos vocaciones: una vocación personal y una de entrega total y exhaustiva a los hombres.>
En lugar de Dios hay que poner a Cristo y en lugar de una teología una Cristología atea.>
Termina Zubiri esta primera parte de su exposición diciendo: "Lo importante es que el problema de Dios es algo que atañe a la realidad misma del hombre en cuanto tal, que atañe al hombre no en una condición determinada (al hombre que sufre, que llora) sino al hombre en cuanto hombre".>
Pbro. Hilmar Zanello