| |
Mariana Rivera.
El próximo 11 de septiembre se celebrará el Día del Maestro, efeméride que recuerda el día del fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento, maestro de maestros nacido en un humilde hogar de San Juan.
La fecha se celebra desde el año 1943, cuando la Conferencia Interamericana de Educación (integrada por educadores de toda América) se reunió en Panamá y estableció ese día en su homenaje. La oportunidad es propicia para que recordemos aquellos años de guardapolvos blancos y portafolio, cuando una vieja campana nos daba la bienvenida para un nuevo día de aprendizaje en la escuela primaria.
Eduardo Bernardi -un santafesino próximo a los 90 años, de pluma prolífera- nos acercó un escrito que refiere a su infancia y los años vividos en la Escuela Beleno, allá por los años 30. Es un capítulo de un libro que publicará a fin de 2007 con el apoyo de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia y que llevará el título "La Santa Fe que yo viví, desde 80 años atrás" e incluirá -según anticipó el autor- sus recuerdos sobre los usos, costumbres, lugares, personajes, anécdotas y fenómenos naturales de ese período.
Bernardi quiso compartir con Nosotros lo que él denomina "requiem laico para la escuela primaria y las maestras de otrora", en el que no deja de mencionar a sus queridas maestras Amanda Abad Tuells, Blanca Moliné y Atlántida Lombella de Puig, a quienes "les brindo mi cariñoso recuerdo y mi emotivo homenaje".
A la hora de destacar el rol de los maestros, Bernardi opina: "Bondad, entrega, sacrificio, energía, paciencia, voluntad, vocación de servicio, responsabilidad profesionalidad, amor al niño, sentido maternal. Solamente una palabra involucra todo eso: maestra".
Destaca el rigor con que aquellas maestras sabían llevar a sus alumnos, aunque aclara que también tenían su parte "sentimental y responsable", como cuando llevaban a los alumnos atrasados en sus aprendizajes a sus domicilios, por la tarde, para darles clases de apoyo, gratis, cuantas veces fuera necesario para igualarlos con el resto de los compañeros.
También iban a la casa de los alumnos que faltaba por alguna enfermedad "para imponerse sobre su estado de salud y llevarles el bálsamo de su presencia. A veces, una caricia o un beso eran especialmente curativos, más que cualquier medicamento farmacéutico".
Sus relatos comienzan con el comienzo de la jornada escolar: "Son casi las ocho y ya comienza a fluir la multitud de niñas y niños, todos enfundados en sus guardapolvos blancos, inmaculados, planchados. De todos los puntos cardinales aparecen como hormiguitas blancas pugnando por entrar en la boca del hormiguero: el portal de la escuela. El amplio patio pavimentado de viejas baldosas coloradas va cambiando: el antes solitario y silencioso recinto trueca su color por el blanco, y el bullicio y algazara de las voces y gritos infantiles llenan y desplazan el aire casi conventual de hace unos instantes".
La escena continúa: "De pronto, el bronco e inarmónico sonar de la vieja y rajada campana de bronce llama al silencio y al orden. Cada uno forma filas ordenadas por grados: las chicas adelante y los varones detrás, de acuerdo con su estatura. Llevan el atadito de sus útiles escolares: el libro de lecturas, el cuaderno de deberes, la carpeta de hojas cambiables, la cajita de lápices.... Luego de entonar alguna canción patria (la Marcha de la Bandera, San Lorenzo o Aurora), mientras la bandera celeste y blanca, en su izamiento, va ganando altura, cada grado se dirige a su aula".
La completa descripción del aula también ocupa un importante lugar en su escrito. "En el aula, cada uno estaba sentado en su banco habitual en el que campeaba el blanco del tintero de porcelana, embutido, que ya había sido llenado de tinta azul Pelikan por la diligente portera. Y después del consabido saludo en coro, todos de pie, íBuenos días, señorita!, comenzaba la rutina diaria: lecciones, lecturas, ejercicios de aritmética, geometría, caligrafía, dibujo, gramática, dictados... Y una enciclopédica avalancha de conocimientos básicos que habrían de ser la base liminar de nuestra cultura y que contribuirían en grado sumo a nuestra educación y formación cultural posterior, así como la apertura de nuestras vírgenes mentes a conocimientos más complejos".
Un párrafo aparte se merece el esperado recreo. "Los recreos eran la válvula de escape de la presión contenida durante las horas de clase. Allí explotaban la energía y actividad propias de la edad y las señoritas debían intervenir para poner orden y cierta disciplina en esas conductas díscolas. Los varones, divididos en bandos irreconciliables por su pasión futbolera, principalmente unionistas y colonistas, provocándonos con los apodos que -en la época- recién empezaban a escucharse y tenían connotaciones agresivas, insultantes, denigrantes, despectivas, degradantes. íTatengues y sabaleros!. Esto hacía que termináramos la discusión con un reto caballeresco: íTe espero a la salida!".
"El campo del honor era el baldío cercano donde nos trenzábamos a trompadas, puntapiés y a cuanto recurso ofensivo o defensivo se pudiera apelar. Llegábamos a casa, vencidos o vencedores, pero jamás humillados, con el guardapolvo sucio a veces roto y la cara magullada por los golpes. Al llegar, papá o mamá ponían el broche de oro con una paliza por nuestro comportamiento casi salvaje. Ellos no entendían lo que es el honor, el amor a una divisa".
El segundo recreo era el momento en que "las señoritas y el personal de portería servían la copa de leche y la miga de pan (un crujiente y fresco pancito máuser) a todo el alumnado, con lo que se trataba de suplir falencias alimenticias, financiadas por el Consejo General de Educación.
Con motivo de celebrarse el próximo 11 de septiembre el Día del Maestro, el programa de LT 10 "Con todo al aire" y la Dirección de Cultura de la Universidad Nacional del Litoral presentarán un espectáculo teatral y musical en su homenaje: "Camino de tiza".
La obra será presentada ese día, a las 19, en el Paraninfo de la UNL (Bulevar Pellegrini 2750) con entrada libre y gratuita. Se trata de una puesta que simulará un acto escolar, con actrices, actores y músicos que representarán a los alumnos y a las autoridades escolares, "mostrando realidades que no son ajenas a cualquier escuela de nuestra ciudad", según adelantaron los organizadores.
Anuncian que "la intención es poder brindar un reconocimiento a los docentes que trabajan a diario por la educación, pero a la vez hacerlo desde el arte, con músicos y actores que a su vez también son docentes. Será un espectáculo que provoque risa, reflexión y, a la vez, tendrá mucha emotividad".
La idea y puesta en escena es de Eduardo Baumann; el texto original es de Ximena Frois; y Miguel Cello oficiará de maestro de ceremonia. En los distintos roles actorales participarán Vilma Cattáneo, Claudia Sánchez, Ximena Frois, Natalia Pérez, Aureliano Sosa, Alejandra Digliodo, Susana Schvartz y Elena Fessia.
El espectáculo incluye canciones como "Rosarito Vera Maestra", de Ariel Ramírez y Félix Luna; "Las dos Juanas", de Chacho Müller; "Soy una escuela rural", de Jorge Marziali; "Campana de palo", de María Elena Walsh; y "Camino de tiza", de Víctor Heredia, que cierra el espectáculo.
En el marco de este tributo, la Dirección de Cultura de la UNL entregará una distinción a una reconocida maestra forjadora del magisterio santafesino: Amelia Martínez Trucco.
Los recuerdos que Eduardo Bernardi conserva sobre las clases especiales que se dictaban en aquella época constituyen otra anécdota curiosa. "Teníamos Actividades Prácticas y debíamos concurrir al taller de carpintería, en la esquina de Catamarca y Francia, donde -bajo la férula enérgica, seria y diligente del maestro Tacca- aprendimos a manejar el formón, la garlopa, el cepillo, el gramil y la escofina, y a fabricar elementos de uso cotidiano. Las niñas, entre tanto, en la escuela tenían clases de Corte y Confección, Cocina y Puericultura, en las que aprendían los rudimentos básicos de estas tareas femeninas".
Respecto de la clase de Música, cuenta que "en su aula respectiva, al compás del viejo y desafinado piano (con alguna cuerda rota que yo percibía porque estudiaba y practicaba ese instrumento) y con el sacrificio de la señorita, tratábamos de entonar y aprender la melodía y los versos de las canciones obligatorias del programa. Era, como la clase de Educación Física, la más desordenada, pues -como estábamos de pie- esto nos permitía hacer las picardías propias de la infancia: empujones, pellizcos, pataditas disimuladas, pero que devenían en pequeñas trifulcas, que obligaban a la señorita a intervenir más o menos enérgicamente".