Nidia Catena de Carli
El sur de Túnez es uno de los pocos baluartes que mantiene intacta la autenticidad humana. Antes de internarnos por las ignotas carreteras que nos descubrirán un mundo hecho de arenas, oasis y palmeras, es muy interesante conocer la isla de Djerba.
A vista de pájaro se nos presenta como una gran planicie albariza, con infinidad de manchas oscuras, de las palmeras y olivares que crecen en este privilegiado lugar.
Aunque permanece unida a tierra firme por una calzada construida por los romanos, Djerba es una isla con características y leyendas propias, como las que narran sus habitantes de generación en generación.
En la isla estaba emplazado el país de los lotófagos, en el que -según cuenta Homero- desembarcó Ulises con sus huestes, quienes tras saborear la dulzura de la flor de loto, se sintieron extrañamente atraídos por el lugar. Tanto fue así, que se olvidaron de su patria y su familia. También hicieron lo propio las tropas españolas del Emperador Carlos V, y las del pirata turco Barbarroja.
Una impresionante historia narra cómo otro pirata turco llamado Dragut, asesinó con sus hordas a cinco mil españoles, construyendo con sus cráneos una torre de diez metros de diámetro, que perduró desde 1560 hasta 1848, fecha en que fueron sepultados en la fortaleza de Borj el Kebir. En la capital de la isla se encuentra un monumento que rememora la tragedia. En las proximidades se encuentra el zoco entre laberínticas callecitas coloridas y alegres, que hacen olvidar penurias pesadas.
Los gremios artesanales se agrupan como en otros mercados árabes, en la Medina, la ciudad vieja, de trazado irregular y laberíntico. El llamado Souk Attarin se especializa en la venta de perfumes; el Souk Koumach en telas; y también puede recorrerse el de los joyeros, que mantienen aún los cánones de trabajo bizantinos.
Cualquier calle lleva al mar y al puerto, donde los pescadores se afanan por mantener sus artilugios en condiciones. Las mejores playas se encuentran en el litoral Norte y Oriental y son de arena fina del desierto, lavada por el agua milenaria del Mediterráneo. En estas costas todavía se ven las embarcaciones llamadas loudes, de velamen triangular y un solo mástil, las mismas que surcaban el Mediterráneo hace miles de años.
Una sabia norma que impide edificar a mayor altura que la de un limonero, ha preservado el litoral marítimo de las enormes torres que arruinan el paisaje. Pero en lugar de estos edificios surgen los menzeles que representan la arquitectura típica del lugar. Son viviendas rústicas rodeadas de chumberas, fachadas calizas y tejados acabados en cúpulas, que sirven para mitigar los intensos calores del mediodía.
Una vez que dejamos el litoral y nos adentramos hacia la aldea de Tataouine, el paisaje presahariano muestra los cambios sutiles que desembocarán en la irremisible aridez del desierto.
En esta aldea, en primavera y diciembre, se realizan festivales tradicionales, donde se reviven las formas de vida de los beduinos, el trabajo de las mujeres en los jaimas, los preparativos y festejos para una boda, o las demostraciones de la destreza con los caballos y las armas de los antiguos guerreros.
Quienes se adentren aún más llegarán al país de las dunas, ese desierto donde se funden las arenas doradas del Sahara tunecino. Aquí, muchos pueblos decidieron agruparse en Ksars, que son ciudades fortificadas por un conjunto de celdas o ghorfas, donde se guardaba el grano de cada tribu y ocasionalmente servía como refugio para las personas y animales.
Sin dudas, son una gran atracción para el viajero, que incluso puede pernoctar en estas celdas de tipo monacal.
En las aldeas de Matmata, Toujane y Tijma, el ansia de camuflaje creó un paisaje lunático, lleno de cráteres de más de quince metros de diámetro y ocho de profundidad, donde se construyeron viviendas excavadas en la tierra. Allí viven aún, miles de bereberes varados en el tiempo.
Las mujeres berberiscas no se dejarán ver fácilmente y, menos aún, entablar conversación con los ocasionales viajeros, ya que las leyes son muy estrictas al respecto.
Toseur es la capital de la región Bled ed Jerid, que significa el "País de las palmeras", al suroeste de Túnez.
Este oasis está conformado por un millón de palmeras que dan sustento a las gentes que viven exclusivamente de la recolección de dátiles para la exportación; por sus características en cuanto al tamaño y su transparencia ambarina, son los más famosos del mundo.
Innumerables manantiales riegan por un sistema de acequias muy complejo, los terrenos parcelados del oasis.
La duración del riego la determina una persona juramentada sobre el Corán, con una jarra agujereada que va perdiendo su contenido. Cuando el recipiente se vacía, se abre una nueva acequia de regadío y se cierra la ya irrigada.
La arquitectura de esta ciudad está basada en el ladrillo color sepia secado al sol. En general, como en la mayoría de los espectáculos, las construcciones aparecen abigarradas con pequeños agujeros que no son otra cosa que ventanas. Sería imposible imaginar estas construcciones en otro lugar del planeta debido a la extraordinaria mimesis que éstas han logrado con el paisaje. Vistas a la distancia, casi podrían confundirse con un accidente topográfico que aparece generalmente en el horizonte.
La palmera es aquí tan sagrada como el agua. Sus frutos constituyen una parte importante de la alimentación y del comercio. No en vano los beduinos de aspecto bíblico consagran toda su vida a su cuidado.