Revista Nosotros.
Una noche, Miguel Flores pasaba por el ex cine Colón y se sorprendió al ver luces en el viejo edificio. Decidió entrar. Se encontró con que estaban remodelando la sala y eso le bastó para empezar a recordar sus viejas épocas de juventud, en las que había vivido un "sueño adolescente". Entre esas antiguas paredes, él había debutado en agosto de 1951 vendiendo chocolatines, cuando tenía apenas quince años y los pantalones largos recién puestos.
"Era una época muy bohemia, si se quiere... Los años jóvenes hacen que uno emprenda cosas y como el cine es un mundo de sueños, me atrajo siempre. Me producía esa sensación de algo que nunca iba a alcanzar. Es un sentimiento muy común vivir en la pantalla la fantasía que en casa no tenemos. Así que ese mundo de ilusión me atrapó, al punto que transité por casi todos los cines de Santa Fe". Así comienza a recordar Miguel Flores aquellos años en los que ingresó por primera vez al cine Colón, llevado por otro chocolatinero.
Este fue el tímido comienzo de un recorrido en el que Miguel Flores fue escalando posiciones en base a la inquietud de aprender. Así, en los intervalos de las películas, subía la escalera y se instalaba en la cabina de proyección para ver cómo se proyectaba un film.
Hoy, reconoce que todo comenzó por curiosidad y después se convirtió en una profesión. "En realidad es un oficio, pero yo lo tomaba como un profesional", aclara Miguel.
Pronto aprendió a proyectar películas, a pesar de sus miedos. Pasaron algunas semanas hasta que lo dejaron solo en la cabina. Operador y ayudante entrenaban al novato bajo vigilancia y después lo largaban solo. "Yo tenía pánico de que se me queme la película o accidentarme con la electricidad", recuerda. Pero lo cierto es que, con el tiempo, Miguel se paseaba por todas las salas de la ciudad, ya no vendiendo chocolates sino como proyector de películas.
Después vino la etapa de rendir examen. Cualquiera no podía manejar una cabina, menos aún siendo menor; tenía que contar con permiso municipal. Así que Miguel hizo un curso y obtuvo el carnet habilitante. Más tarde se inscribió en el Sindicato de Operadores Cinematográficos.
"La cosa no terminó ahí -aclara-; como yo tenía pasión sublime por todo lo que era cine, me aprendía los diálogos y las canciones de memoria y llevaba un nomenclador. Comencé a anotar en un cuaderno, película por película, lo que miraba. Dibujaba el sello productor; aclaraba si era drama, comedia, policial, aventura, western; quiénes trabajaban; quiénes la dirigían; si era color o blanco y negro. Deambulaba por los cines, veía tres o cuatro películas por día, y así llegué a anotar unos 500 títulos, hasta que me cansé".
Pero su verdadera pasión era "ver" cine. Un día, el gerente del viejo Belgrano le preguntó si quería "espiar" los estrenos de las demás salas. Sin dudarlo, Miguel respondió que sí. Y recibió el pase con el que ingresaba a todos los cines de estreno. "Yo estaba encantado, como pececito en el agua; todos los días miraba una película. Pero me auto imponía como resultado de ese permiso honorífico, escribir mi propio comentario de lo que veía: cómo era la dirección, la fotografía, la actuación, etc. Como si fuera un experto, yo criticaba todo. A la hora de programar el mes siguiente, se leían esas gacetillas. Si el cine Colón pasaba `Lo que el viento se llevó' o `Casablanca', nosotros proyectábamos una película de bajo costo para no quemar nuestro estreno contra otro producto que podía ser mucho mejor. Cuando veíamos que otra sala bajaba su pretensiones de público, mandábamos `Ben Hur' o `Los 10 mandamientos', de la Paramount; películas bíblicas, de gran presupuesto y de gran reparto", explica.
"Allá por los años 50 o 60 era tal la atracción cinematográfica, que llegamos a tener veinte salas y otras tantas que a lo mejor estaban en algún barrio escondiditas y no se conocían. Pero todas tenían público", recuerda Miguel Flores.
Nos cuenta, además, que en esa época las salas se dividían entre las que estrenaban el material, como el cine Belgrano, el Roma, el Colón, el Ideal, el Ocean y también el cine Apolo que estaba un poco retirado del centro; y las de segunda categoría, que repetían las películas ya estrenadas.
Las salas de estreno competían para poder presentar el mejor material y capturar el interés de la gente. Todo dependía también -según Miguel- de la publicidad previa; por eso, tanto los sellos productores como las compañías distribuidoras recomendaban en especial dar mucha difusión a lo artístico.
Cuando se contrataba una película, el distribuidor facilitaba una cantidad de elementos publicitarios para hacer la mayor difusión posible en diarios y radios. Cada cine tenía su programador. Cada sello distribuidor, con sucursal en la ciudad, tenía su sala de estreno predilecta. Por ejemplo, la Metro Golding Mayer estrenaba con preferencia en el Belgrano; la 20th Century Fox en el Ideal.
"Había películas que se amontonaban esperando fecha de estreno. Yo tenía un libro de programación del cine Belgrano, en el que tenía al menos 20 o 30 películas de primer nivel para estrenar. Teníamos, además, nuestro cine argentino, que también se llevaba las palmas; había una reglamentación que obligaba a las salas de espectáculos a proyectarlo. Si bien había una o dos películas nacionales cada diez extranjeras, eso no le quitaba mérito a comedias de Luis Sandrini, Niní Marshall, Enrique Serrano, Lolita Torres o Tira Merello. Después estaba el cine europeo, sobre todo en la época de mayor auge del neorrealismo italiano, con `La Dolce Vita', `Ladrón de bicicleta', `Pan, amor y fantasía', `Don Camilo', etc.", rememora.
Miguel nos "pinta" cómo era ir al cine en los años 50: "dedicar el sábado a mirar una película era una costumbre familiar, casi religiosa. La función para la familia era a las cinco de la tarde y a partir de las nueve de la noche era para mayores. Los padres acostaban a sus hijos, iban a tomar un copetín y después al cine. Era una época muy rica en espectáculos de todo tipo. A veces no alcanzaban los estrenos en cartelera para satisfacer el interés. Las películas se estrenaban el martes y bajaban el domingo, las de gran trascendencia popular se prolongaban en cartel una semana más. Por ejemplo, `Lo que el viento se llevó' estuvo casi un mes y medio en cartel, a dos funciones diarias. Las más largas se presentaban con un par de cortos, colas y noticieros previos. En el medio había un intervalo en el que la gente se relajaba un poquito, los caballeros salían a fumar al hall. Y por ahí aparecía yo... `chocolates, caramelos, bombones...".
Así, Miguel recorría la sala de arriba a abajo con dos laderos: uno en la platea y otro en la pullman. El grupo se autotitulaba "Los tres caballeros", en referencia -como no podía ser de otra manera- a una película de Walt Disney.
Encontrar recuperado al cine Colón no fue la única sorpresa que Miguel vivió aquella noche que vislumbró actividad en ese histórico edificio. Alguien lo descubrió, conoció su historia y lo invitó a compartirla. Así, los responsables de la reapertura del Centro Cultural ATE Casa España, lo filmaron en un reportaje recorriendo la sala y desgranando uno a uno sus recuerdos. Más tarde, quisieron que forme parte de la gala de reinaguración y él se animó a proponerse para repartir chocolates esa noche. Lo que comenzó de manera informal resultó una grata y emocionante sorpresa para todos los que asistieron a la reapertura de ese espacio cultural.
Con un saquito blanco, "más gordito, con más arrugas, menos pelo" y una bandeja repleta de dulces, Miguel Flores volvió a vivir las mismas sensaciones que sintió a los quince años. Esta vez no vendía, sino que regalaba chocolates; pero repetía aquel cantito clásico: "chocolates, caramelos, bombones, pastillas...".
"Al bajar la escalera no tenía ni la más mínima idea del efecto que le produjo a la gente volver a ver a este personaje que ya no existe -confiesa-. Para mi fue como un volver a vivir, temblaba como una hoja de la emoción. Yo pensaba que a esta altura de mi vida ya no se iba a producir nada espectacular, como lo que me sucedió aquel día. íQue lindo que hayan recuperado `mi' cine Colón! Lo digo con un gran sentido de pertenencia por que, parodiando a Alberto Cortés, lo que amamos lo consideramos nuestra propiedad".
Miguel Flores estuvo en cinematografía hasta agosto del '75. Se despidió en el cine Roma después de 25 años de actividad cinematográfica, que abarcó desde cortar boletos y acomodar gente con la linterna, hasta pasar películas y programar los estrenos en las distribuidoras. Así, fue acumulando el material que hoy atesora. "Fanático como era, me gustaba coleccionar fotografías y afiches, libros de prensa... Fui guardando todo con gran cariño hasta que tuve que seleccionar y descartar por que estaba todo muy amarillo".
Ahora saca esos tesoros para mostrárselos a su nucleo familiar, aunque considera que ellos no lo saben valorar tanto como él.
"El cine era una cosa maravillosa pero no remuneraba como para vivir de eso", dice Miguel. Él tuvvo la oportunidad de trabajar en una fábrica de productos lácteos durante 9 años, después prestó servicios durante 3 décadas en el Banco Provincial y se jubiló con una carrera de bancario. Desde hace 15 años es jubilado y se dedica -entre otras cosas- a mimar a sus dos nietitas, que "son un cielo".