Crónica política
Sabiduría de lo obvio y buenos tiempos

Rogelio Alaniz

En tiempos de confusión y de crisis decir lo obvio ayuda a pensar, posee la virtud de una revelación y hasta es un saludable ejercicio espiritual. Empecemos entonces. El domingo pasado, el que ganó fue el Frente Progresista y el que perdió fue el peronismo. Es verdad que muchos peronistas votaron por Binner, pero el pasaje de los votantes hacia otra fuerza política incluye la pérdida o el debilitamiento de la identidad y no lo contrario.

Se sabe que el peronismo es, además de una corriente política, una cultura afianzada en mitos y leyendas, motivo por el cual alguien que alguna vez fue peronista muy difícilmente deje de serlo. Pero pertenece al campo de las ilusiones tribales suponer que los peronistas vendrían a ser algo así como los vampiros de la película de Polanski, pajaritos que por un extraño maleficio se reproducen por todos lados.

Sigamos. Ganó Binner y perdió Bielsa. También debemos decir que fue derrotado el peronismo nacional y, muy en particular, Néstor Kirchner y su señora esposa. Como un rasgo elocuente de esa derrota habría que señalar que el peronismo fue vencido en las dos localidades donde Kirchner y Cristina tuvieron especial presencia: Santo Tomé y Reconquista.

Es verdad que Kirchner nunca consideró a Binner un enemigo, pero no es menos cierto que su candidato fue Bielsa, salvo que alguien crea que su apoyo fue una mentira, que todo lo que dijo en Sauce Viejo fue una falsedad, que los abrazos y las fotos que se sacaron no tenían nada que ver con lo que realmente estaba pensando el señor presidente. Si esto fuera así, correspondería advertir contra un mandatario que miente con tanto descaro y que engaña con tanto desparpajo a sus compañeros de partido.

Conocido el resultado de los comicios, Binner se instala en la Casa Gris y Bielsa regresa a su casa de Buenos Aires, la ciudad donde eligió vivir y de donde nunca debería haber salido. Nobleza obliga, fue un buen candidato para el peronismo santafesino, pero pertenece al campo de la actuación teatral atribuirse la responsabilidad exclusiva de la derrota.

Para ser sinceros, lo justo es señalar que el peronismo estaba derrotado desde mucho antes de su candidatura. Hiciera lo que se hiciera, era imposible torcer la voluntad mayoritaria de un electorado harto de gestiones peronistas. No son ni Bielsa ni Obeid los responsables de la derrota peronista, sino el cuarto de siglo en el poder, con sus aciertos, claro está, pero también con sus corruptelas, sus ineficiencias y su manipulación social.

En realidad, el peronismo venía eludiendo su derrota gracias a las maniobras de ingeniería política y a la torpeza de sus adversarios. En 1991 su destino estaba sellado, pero la imbecilidad política de Usandizaga habilitando la ley de lemas le dio un triunfo que en otras circunstancias hubiera sido imposible. Lo que no sucedió en 1991 ocurrió en 2007. Haber sobrevivido quince años más es un motivo de agradecimiento, no de queja.

No es cierto, por lo tanto, que el peronismo perdió las elecciones porque se derogó la ley de lemas. Obeid puso punto final a esa ley, porque así como hace cien años Roque Sáenz Peña consideró que el régimen electoral, del cual se había beneficiado, era insostenible moral y políticamente, Obeid estimó que ya no era posible tirar de la cuerda de una ley que a todas luces era una vergüenza. Por otra parte, si la ley de lemas hubiera continuado, el Frente Progresista habría ganado lo mismo y uno de sus grandes caballitos de batalla en la campaña habría sido la crítica a una ley que la mayoría de la sociedad consideraba tramposa.

Por esas paradojas de la política la gestión de Obeid, que fue una de las más eficaces de la saga peronista iniciada con Vernet en 1983, fue al mismo tiempo la antesala de la derrota. Sin embargo, cuando el diputado Oscar Lamberto pretende atribuirle la responsabilidad exclusiva de la derrota olvida que en esa derrota él también es responsable. Salvo que suponga que después de ser diputado durante casi un cuarto de siglo él no tenga nada que ver, un gesto de inmerecida modestia para el legislador que luego de Pitágoras y Thales tuvo la virtud de pensar el ya célebre "teorema Lamberto", cuya hipótesis central postula que mientras haya pobres habrá peronistas. Todo un hallazgo científico por parte del operador de ese otro gran paladín de la pobreza que se llamó Domingo Cavallo y gestor político del legendario "Filósofo de Guadalupe", cuya infalibilidad para pronosticar el resultado de las elecciones es tan reconocida como su capacidad para la especulación abstracta y el uso sutil del subjuntivo y el gerundio en la poesía metafísica.

En la ciudad de Santa Fe el peronismo también fue derrotado. Retornemos a lo obvio. Los partidos que sacan menos votos son los que pierden las elecciones. La división interna es un componente de la derrota, no un justificativo. Se sabe que el peronismo en muchas ocasiones opta por transformarse en opositor de sí mismo. Algo parecido intentó hacer en la ciudad de Santa Fe, pero esta vez le salió mal.

Barletta ganó gracias a esa división, pero sobre todo porque fue capaz de ser el beneficiario de esa división. Según los relevamientos, el peronismo sacó más votos en los barrios y Barletta logró más adhesiones en el centro. En otros tiempos esto permitía discurrir acerca del carácter popular del peronismo. Hoy estas digresiones han perdido significado, entre otras cosas porque los votos pueden ser de los barrios o del centro, pero los dirigentes son todos del centro.

Por último, se sabe que la adhesión de los pobres hoy no se obtiene con políticas que los dignifiquen sino con dádivas que los humillan. Martínez le ganó en las internas a Balbarrey, pero el 3 de septiembre perdió en los barrios una gruesa porción de ese electorado. Como decía el amigo de mi tío que era almacenero y nunca se equivocaba a la hora de sumar y restar: "Lo que se compra barato se vende barato".

También en el Frente Progresista se cuecen habas y se hace necesario recurrir al principio de la obviedad. En primer lugar, en el radicalismo ganó la estrategia que optó por participar en el Frente, salvo que alguien crea en la sentencia bíblica de que los últimos serán los primeros. Dicho con otras palabras: en el radicalismo hubo una estrategia ganadora y una estrategia de la derrota. Con esta victoria, el radicalismo frentista no supera su crisis interna, pero está claro que es mucho más cómodo resolver una crisis participando de una alianza ganadora que afrontar la crisis sacando un porcentaje de votos parecido a los que obtienen las sectas troskistas.

Lo que las elecciones santafesinas han venido a demostrar, es que no es la política la que está en crisis -como balbucean algunos dirigentes- sino que lo que está agotado es cierto modo de hacer política. Cuando esto ocurre, retirarse a tiempo es siempre la solución más sabia, más elegante y más justa. Por el contrario, la persistencia en el error es ceguera y torpeza, con el riesgo añadido de instalarse para siempre en el lugar del ridículo del cual, como se sabe, no hay retorno.

La alternancia política, abre una esperanza en Santa Fe. Hace años que no se recrea un clima de optimismo como el que despierta la futura gobernación de Binner. Habrá que ver si los dirigentes saben estar a la altura de las ilusiones que despertaron. Dudas e interrogantes para el futuro. Hoy desde esta columna me sumo al anuncio esperanzador de los buenos tiempos para todos los santafesinos.