Ya queda poco más de un mes para la gran prueba electoral nacional y la oposición, con demasiado tiempo de letargo sobre sus espaldas, busca hacer apuestas fuertes para ganar un posicionamiento que no se preocupó en el pasado por conseguir, pero la realidad del polémico mundo kirchnerista le aporta, para su satisfacción, algunos elementos que ayudan en la campaña a los sueños de llegar al ballottage.
Hoy Elisa Carrió y Roberto Lavagna pelean por ese anhelado segundo puesto, con la sensación de que las distancias se acortaron un poco gracias a los propios errores del oficialismo. Ambos dirigentes políticos, con claros lineamientos ideológicos, se esfuerzan por marcar ante la opinión pública los flancos más débiles de la actual administración de la que ha participado activamente la candidata oficialista, la primera dama y senadora nacional Cristina Fernández.
Para eso les dio una buena manito el propio titular del Banco Central, Martín Redrado, cuando dijo en Londres algo que no era para nada desconocido ni por su auditorio circunstancial ni por el resto de los observadores mundiales de la economía argentina: la inflación es un fenómeno cada vez más preocupante, que puede hacer tambalear la estabilidad conseguida por el presidente Néstor Kirchner. Con su célebre confesión acerca de que le "preocupa mucho la inflación en la Argentina" tal vez Redrado rifó su futuro político en el caso de que Cristina logre la primera magistratura.
Antes se lo mencionaba como uno de los miembros del equipo actual que perdurarían por un período más, pero la posibilidad de que el economista se integre al gabinete en proyecto de la candidata se disolvió con esa mala jugada. No se sabe si Redrado tuvo intencionalidad política al hacer esa declaración, que después trató de mitigar azuzado por los hombres del círculo áulico de los Kirchner, pero lo cierto es que causó un fuerte impacto, y dio pie a la oposición para hacerse más fuerte con el principal argumento que tienen para esgrimir contra el proyecto de la continuidad de la dinastía K: aumento de precios, falta de calidad institucional, ignorancia sobre la grave crisis de la inseguridad, son los tres flancos más débiles que exhibe el kirchnerismo, y nada menos que resumen las principales preocupaciones de la gente.
Lo que es un misterio por ahora es qué valoración darán los ciudadanos a la hora de votar el 28 de octubre a esa circunstancia concreta: se desconoce si se inclinarán por lo conocido o harán apuestas a algo por conocer. Por las dudas, el kirchnerismo no se pone a dormir sobre los laureles. Cada novedad generada por la oposición crispa al poder político y económico, dando señales de que no se siente tan inmune a los embates.
La imagen de un Presidente crispado hasta lo enfermizo cuando habló en su provincia luego de otro violento acto de represión a un grupo de opositores, no es la mejor foto para un afiche de campaña: el desprecio del primer mandatario por la necesidad de generar la armonía que predica pero que no practica, no le cae bien a la gente común. Tampoco parece generar mucha simpatía en el electorado la voluble imagen que presenta la candidata: ausente en el país, protagonista en el exterior.
Cristina exhibe una doble imagen difícil de comprender si no se insertara en el contexto de los códigos del kirchnerismo que conocen de sobra los santacruceños. Dentro del país es dos Cristinas: la que aparece acompañando a su marido en casi todos los actos, que sólo es vista -gracias a las cámaras de la televisión oficial- como una admirada contempladora de su esposo presidente, con sonrisitas y gestos de ingenua enamorada, y la que se ve cuando encabeza ella misma un miting partidario: fuerte, temperamental, dura, combativa.
En el exterior, en tanto, se adivina una tercera imagen de la candidata: la de una mujer que se siente cómoda con interlocutores que representan al poder económico, y que cree estar a la altura de los estadistas internacionales que la reciben. La incógnita sobre la inclinación del electorado no es fácilmente despejada por las encuestas, tan desvalorizadas hoy en día como el propio Indec.
Curiosamente, en un mundo cada vez más dominado por la frialdad y precisión de la informática y de las estadísticas, la Argentina adolece de confiabilidad y precisión por las manipulaciones a que vienen siendo sometidos los entes que tienen la misión de auscultar con termómetro exacto la realidad. La irrupción del ex presidente y ex gobernador Eduardo Duhalde no pasó desapercibida por los hombres y mujeres del gobierno.
La molestia que se dejó traslucir en los discursos de oficialistas para tachar a Duhalde de inoportuno y de pasado de moda dejó entrever una clara preocupación por la reaparición en la escena de uno de los políticos que más ha gravitado en la última década en el país. El propósito de Duhalde es, al parecer, tratar de cobrarse todas las deuda que mantiene con él el kirchnerismo, empezando por el "desagradecimiento" del propio Presidente, quien llegó al pináculo del poder gracias al empujón del ex caudillo bonaerense.
Duhalde aparece devaluado porque la mayoría de los hombres que le rendía tributo se pasó del lado del calor del poder actual, con la misma facilidad que volvería a las filas del caudillo provincial si éste recuperara alguna posibilidad de reinstalarse en el mundo de los dueños de espacios políticos fundamentales.
Pero de aquí al 28 de octubre habrá seguramente más sorpresas. Kirchner transita sus últimos días antes de convertirse en presidente saliente con la misma crispación que padeció aún en los momentos de mayor acumulación de adhesiones, tanto de los que suelen participar o anhelar porciones de la torta del poder, como de la gente misma. Ahora falta transitar las semanas más arduas antes del comicio, mientras los ciudadanos seguirán observando, sopesando, comparando, reflexionando sobre lo que creen que será más conveniente para el futuro cercano del país.
Carmen Coiro/DyN