Señores directores: En poco tiempo más, estaremos en el día y la hora en que el pueblo de la República habrá de decidir a quién pondrá al frente de la conducción del país para el próximo ejercicio; pero aquí no nos ocuparemos de postulante alguno, sino de lo que suponemos nos espera a todos para después de las elecciones. En ese sentido es interesante hacer referencia a un columnista invitado por un prestigioso matutino porteño, quien en un meduloso análisis del escenario que presenta la situación actual del país, concluye que en su opinión el gran interrogante es si la persona que resulte elegida tendrá condiciones de liderazgo para controlar y resolver con acierto los problemas sociales, económicos y financieros de la Argentina, si será creíble y qué tenor tendrán las medidas de ajuste que utilice para tratar de resolver las situaciones.
Algunas decisiones coyunturales facilitaron el crecimiento del consumo interno pero no aportaron soluciones de fondo por ser de corto plazo. No interesa hacer consideraciones sobre datos de inflación, porque la verdadera es la que repercute en el bolsillo de la gente, y la corrección de la distorsión de los precios relativos que en algún momento habrá de producirse, deberá ejecutarse en un contexto de inflación e indudablemente tendrá particular efecto sobre los ingresos de las familias y los costos de las empresas, por lo que el próximo presidente enfrentará un agravamiento de la lucha por la distribución del ingreso, lo que hace presumir dificultades para el mantenimiento de la paz social.
En su agenda figurarán otras cuestiones delicadas a resolver, como la crisis energética y la necesidad de crear un ambiente de negocios que brinde garantías de respeto, trato previsible y seguridad jurídica que facilite restablecer la corriente de inversión que el país necesita. Estas son cuentas por pagar dentro del complicado manejo de la economía que viene, en cuyo horizonte aparecen algunos nuevos nubarrones, como el derivado de la erosión del superávit fiscal que se advierte en los últimos tiempos. Entre sus causales no es algo menor el hecho de que si bien por una parte nos informamos que los ingresos corrientes crecen, especialmente por impuestos y aportes por seguridad social, eso lamentablemente muestra como contrapartida un crecimiento mayor de los gastos corrientes, provocando un saldo negativo que tiende a reducir el mencionado superávit.
En el citado trabajo se hace en ambos aspectos un comparativo entre enero-julio del año 2006 con el 2007, donde se informa que los ingresos corrientes habrían crecido un 38,2 %, mientras que los gastos corrientes habrían aumentado un 38,2 %, mientras que los gastos corrientes lo hicieron en un 51,6 %.
Como el futuro no se presenta promisorio ni fácil, es de desear -para bien de todos- que las autoridades elegidas acierten cuando arbitren sus soluciones, en particular en uno de los aspectos más delicados y conflictivos por resolver, por el costo social implícito, cuando determinen las medidas a adoptar para acomodar la gran distorsión de precios existentes.
Dr. Tito L. Rocchetti, ciudad.