Se inicia simbólicamente el nacionalismo musical mexicano del siglo XX en el año 1921 con el ballet "El fuego nuevo", basado en antiguos temas aztecas. Compuesto por Carlos Chávez a pedido de José Vasconcelos, a cargo en ese tiempo de la Secretaría de Educación Pública. Vasconcelos, interesado en reafirmar la identidad mexicana en las artes después de la revolución, llamó a colaborar también al pintor Diego Rivera. Comienza así a desarrollarse de manera simultánea el movimiento nacionalista mexicano en la música y en la pintura, con el impulso otorgado por el gobierno. Tanto la postura de Chávez como la de Rivera, así como la de muchos de sus seguidores, fue revolucionaria. Buscaban la ruptura con el pasado del siglo XIX, donde, el folclore, el arte, la cultura indígena fueron tenidos en el más profundo desprecio. Es por eso que la mayoría de los artistas huye ante ese clima asfixiante de arte cortesano y va a buscar en Europa el aire de la libertad.
En el caso del músico, es alentado en París, sobre todo por su amigo el compositor Paul Dukas, para que se concentre en la rica herencia musical de México, así como Falla lo hizo con la música española y Bartok y Kodaly con el folclore de Hungría.
Por su parte, Rivera comenzó a concebir la idea de una pintura "monumental y heroica" con el espíritu de las "grandes tradiciones prehistóricas de América". �Dónde hallar ejemplos que apoyasen tan animosa ambición sino en los frescos del Trescento al Cuatrocento italiano? En Milán, en Florencia, en Roma, contempló las obras mural de Giotto, Masaccio, Rafael, Leonardo... Sobre todo la Capilla Sixtina, con esa espacialidad atestada de figuras de aquellas representaciones espectaculares y descomunales de Miguel Ángel, causarían en él un fuerte impacto. Se produce luego la "llamada a los artistas de América", que constituye la primera clara toma de conciencia crítica de lo que iba a ser el Movimiento del Muralismo Mexicano.
México, al regreso de ambos se había transformado en campo fértil para el arte. Surgen entonces las obras de Chávez: "Ballet Azteca", "Los cuatro soles", "Ballet Indígena". Inicia en 1926 (terminada en 1932), la Sinfonía de Baile para Orquesta titulada "H.P." (Horsepower), llamada también "Caballos de Vapor". Se reconocen en su primer movimiento melodías populares (hasta argentinas). Apela por el contrario en el último, "Danza de los Hombres y las Máquinas", a recursos sonoros insólitos.
En general, presenta el contraste dramático establecido entre el ambiente de la zona tropical de América Latina y la mecanización imperante en Estados Unidos. Esto es, la explotación de los países de la América tropical por su poderoso vecino del Norte, reflejando la faceta revolucionaria del nacionalismo mexicano del siglo XX.
"Caballos de Vapor" fue llevada a escena como ballet con escenografía de Diego Rivera, quien en ese momento pintaba también los frescos de la Escuela Nacional de Agricultura. Simultáneamente, al repararse un ala del Palacio Nacional, los obreros descubren los restos de la gran pirámide de México-Tenochtitlán, en cuya cima se encuentra una piedra que representa al Sol, con la que se cumple una antigua profecía que anunciaba el retorno del poder ancestral el día que renaciera el gran templo coronado por el Sol. El pintor consideró entonces que había llegado el momento de llevar a cabo el gigantesco proyecto al que dedicará treinta años de su vida: el mural épico sobre la Historia de México del Palacio Nacional, donde se levantaban los palacios de Moctezuma, señor de México-Tenochtitlán. Obra que quedó inconclusa a su muerte en 1957.
"La riqueza de nuestro acervo cultural no data tan sólo de 1492. Se prolonga desde las civilizaciones indígenas del hemisferio, se proyecta desde las civilizaciones africanas trasladadas en barcos esclavistas a América, y abarca, en su componente europeo, no sólo a la cultura ibérica, sino, a través de ella, al legado griego y romano, judío y árabe, del mundo mediterráneo.
Estamos hablando de una civilización inmensamente rica, plural, `cósmica', como diría Vasconcelos. Las pruebas de nuestra cultura están en todas partes y sin fisura alguna. De las construcciones solares de Machu Picchu y Teotihuacán a la arquitectura moderna de Barragán en México o un Costa en Brasil. De las pinturas murales de Bonampak a los muralistas modernos de México: Rivera, Orosco, Siqueiros. De las celebraciones poéticas del alba de los tiempos del Popol Vuh maya al Canto General de Neruda. De ese treno original de la música del origen de `Los pasos perdidos' de Carpentier a las composiciones modernas de Chávez, Ginastera y Villalobos: la continuidad es asombrosa, el origen enriquece el presente, el presente alimenta el porvenir y cada una de nuestras raíces antiguas tiene sus manifestaciones modernas.
"Cada etapa de nuestra historia continúa y enriquece el pasado, haciéndolo presente. La cultura colonial no es desechable por el hecho de serlo, �cómo va a serlo si constituye el puente barroco entre nuestros pretéritos indígenas, europeos y africanos, y nuestra modernidad?" (Carlos Fuentes).