¿Debe la democracia permitir la libre expresión de sus enemigos? Este interrogante ha dado lugar a interesantes polémicas en los ámbitos políticos y académicos, pero a la fecha no puede decirse que haya una respuesta definitiva. Quienes defienden la libertad de expresión absoluta entienden que la identidad de la democracia, lo que la diferencia de los autoritarismos y los totalitarismos es el reconocimiento de esa libertad, incluso la de sus enemigos.
Por su lado, los que sostienen que es necesario privar a sus enemigos del uso de la palabra, entienden que la democracia es un sistema frágil que debe elaborar algunas autodefensas para no ser arrasada por los amantes de las dictaduras. El ejemplo que ponen para sostener esta hipótesis es el de la Unión Europea y su prohibición a que los simpatizantes de las dictaduras nazifascistas puedan reivindicar públicamente esa identidad ideológica.
Seguramente estas consideraciones fueron tenidas en cuenta los otros días por el rector de la Universidad de Columbia, Lee C. Bollinger, cuando decidió invitar al presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad para que haga uso de la palabra. La decisión movilizó a amplios sectores de la sociedad quienes manifestaron su condena por esta decisión. Intelectuales, destacados referentes de la comunidad judía, dirigentes políticos identificados con el oficialismo sumaron sus voces para criticar al rector.
Sin embargo, y a pesar de tantas ruidosas objeciones, la reunión se hizo y Ahmadinejad habló y expresó sus puntos de vista. Los norteamericanos pudieron conocer, sin intermediación de la prensa, el pensamiento del líder iraní, su negativa a aceptar a libro cerrado el Holocausto padecido por los judíos en manos de los nazis y sus singulares apreciaciones sobre la propia sociedad iraní.
El rector Bollinger defendió su decisión de permitir que un personaje tan controvertido como Ahmadinejad hable en esa casa de altos estudios, una decisión que en definitiva, no fue personal sino de la universidad.
Para las autoridades de Columbia la iniciativa demostró que Estados Unidos efectivamente es un país democrático y que en ese punto se diferencia de los regímenes autoritarios y fundamentalistas de signo musulmán.
Por su parte, Bollinger no disimuló su opinión sobre el líder iraní. En el discurso de presentación lo trató de dictador y, cuando éste se refirió a la poca información disponible sobre el Holocausto, lo calificó de manera casi directa de ignorante. Los mismos términos empleó cuando Ahmadinejad dijo muy suelto de cuerpo que en Irán no hay persecución a los homosexuales porque en su país no existen.
Seguramente, la visita a una universidad de Nueva York del jefe de Estado de Irán seguirá despertando polémicas. La controversia no se agotará con este episodio, pero más allá de las conclusiones que cada uno tenga sobre lo sucedido, lo que no se puede desconocer es que en Estados Unidos la libertad de expresión no es un recurso retórico o un adorno para alienar a la población sino un dato concreto y palpable de su realidad política y cultural. La presencia de Ahmadinejad es un testimonio elocuente de una larga y honrosa tradición que ha hecho y continúa haciendo de la libertad uno de los valores constitutivos de identidad estadounidense.