El gobierno nacional difundió datos falsos de la inflación en Mendoza, tal como lo han asegurado la ministra de Economía y la titular del organismo estadístico de esa provincia. En el mundo político, las hipótesis inmediatas fueron dos: la traición de funcionarios subalternos al gobernador Jorge Cobos, o de éste a Cristina Fernández, a quien acompaña en la fórmula presidencial.
¿Puede la verdad ser un vehículo de la traición? Eso depende de los valores en los que se funde la lealtad, y de qué o quién la amerite. En todo caso, ese trastorno moral de la política podría ser una toxina presente en otros organismos sociales, a los que estaríamos peligrosamente acostumbrados, aunque no precisamente inmunizados.
¿Qué provoca, en términos sociales y electorales, una mentira pública flagrante? No es la primera, y no será la última vez que un gobierno mienta. Nadie puede pretender una reacción fundamentalista frente a ello, porque sería difícil evitar que eso conduzca a la confrontación destructiva.
Pero... ¿en qué conductas cívicas se verifica una reacción constructiva para que la verdad sea un valor por conseguir, en la disputa republicana de razones y posiciones, que se debaten por ese bien siempre inacabado pero deseable?
La cultura del voto cuota sigue vigente; la tolerancia a la mentira por la propia conveniencia no hace buena política y no construye un país. La toxina no encuentra condiciones de proliferación en la política si en la sociedad hay anticuerpos suficientes.
Las mentiras del Indec no son el fin de los tiempos, pero toda mentira es el principio de un fin. Es algo sobre lo que deberían reflexionar los funcionarios del gobierno de turno, los que quieren el poder si de democracia se trata, y cada individuo que se precie como persona, como ciudadano en procura de una mejor sociedad.