La negativa oficial a reconocer la inflación real

Seguramente, no se equivoca el ministro Alberto Fernández cuando señala que es necesario distinguir entre la inflación y el aumento de los precios. Pero el hecho de que esta consideración teórica sea cierta no quiere decir que en nuestro país, la inflación es un dato consistente de la realidad.

Los funcionarios oficialistas hablan de una aviesa campaña psicológica promovida por los enemigos del sistema con el objetivo de debilitar al gobierno. Para reforzar este punto de vista, el gobierno enumera una serie de productos que no han aumentado, cuando en realidad debería decir a continuación que los productos que no aumentan es por el control de precios.

La cercanía de las elecciones obliga al presidente Kirchner a disimular o negar los índices inflacionarios que, según las estimaciones más moderadas, ya superan el quince por ciento anual. La estrategia de controlar los precios seguramente se mantendrá hasta el 28 de octubre, pero una vez elegidas las nuevas autoridades, el problema reaparecerá demostrando que su existencia depende del funcionamiento real de la economía y no de las invenciones de la oposición o los supuestos medios sensacionalistas.

Lo que más preocupa a la ciudadanía es que la respuesta del gobierno a este grave problema sigue siendo la negativa a reconocerlo, ya sea responsabilizando a sus enemigos de la pretendida mentira o manipulando las cifras oficiales. Al respecto, las cifras del Indec "dibujadas" por la burocracia oficial constituyen en la actualidad un secreto a voces, por lo que en lugar de tranquilizar a la opinión pública no hacen otra cosa que incrementar las señales de alarma porque a los rigores de la economía se suman en este caso las incertidumbres que provoca en la opinión pública un poder que manipula y miente.

Se dice que la inflación no es el problema central de la economía, pero sí se sabe que es un síntoma que conviene atender a tiempo. De nuestra experiencia histórica hemos aprendido a considerar que el endeudamiento externo y la inflación han provocado enormes perjuicios a la economía y sus consecuencias han afectado a los sectores más débiles y desprotegidos.

La lucha contra la inflación puede encararse desde diversas estrategias, pero la menos aconsejable es la que se funda en la mentira. Sin lugar a duda, el "enfriamiento de la economía" reclama de algunos ajustes, una noción que la cultura populista rechaza, pero la sabiduría aconseja atenderlos a tiempo para evitar daños mayores.

Alfonso Prat Gay, economista del ARI, declaró que en caso de llegar al gobierno preferiría un nivel de crecimiento más bajo que el actual, pero con menos inflación. El populismo y la izquierda rechazan esta propuesta, olvidando que en la actualidad es una receta que practican los socialistas europeos y que en la Argentina supo defender Juan B. Justo.

Por su parte, Roberto Lavagna estima que el ajuste no es necesario porque lo que corresponde instrumentar es un shock productivo que incremente la oferta. Derrotar los índices inflacionarios con mayor productividad parece ser una solución sensata, pero hasta tanto no se diga cómo se provocará ese shock productivo, la propuesta sigue perteneciendo al campo de la retórica.