La Iglesia y los desafíos que presenta la ciudad
Por Pbro. Edgar Stoffel

Habiendo nacido y crecido la Iglesia Católica en los ámbitos urbanos, a partir del siglo V con la paulatina ruralización que experimenta el Imperio Romano debido a las migraciones (o invasiones) de los pueblos germánicos, escandinavos y eslavos, va a comenzar a identificarse con esta realidad a tal punto, que durante muchos siglos, ése será su mundo.

De hecho, la llamada pérdida del mundo obrero para la Iglesia, como se ha dado en llamar a la descristianización de las masas proletarias en las últimas décadas del siglo XIX, tiene que ver en gran parte con la incapacidad -salvo algunos visionarios- de entender el acelerado proceso de urbanización que se consolida a partir de la Revolución Industrial que atrae a las poblaciones rurales a las grandes urbes.

Durante mucho tiempo, la Iglesia seguirá privilegiando un mundo rural que se identifica sin más con el estilo cristiano de vida, en contraposición con el de la ciudad que corrompe a las almas, fractura la sociedad jerarquizada, fomenta el individualismo y materialismo y separa al rebaño de los pastores. En este sentido, no deja de ser llamativo que el modelo de sacerdote que se propone al Clero es el del Santo Cura de Ars, párroco de una pequeña aldea.

A lo largo del siglo XX, el mismo Magisterio de la Iglesia llamó la atención sobre el crecimiento de las ciudades y la necesidad de que los católicos abordaran su evangelización, tarea que al parecer emprendieron con mayor intensidad y acierto otras iglesias cristianas, especialmente en América Latina.

En el caso de nuestro continente, el tema ya había sido abordado con cierta intensidad por nuestros obispos en el Documento de Santo Domingo del año 1992 y ahora lo vuelven a hacer con una fuerza y una claridad nunca vistas en el Documento de Aparecida.

Una primera aproximación verdaderamente acertada que hace el Documento es considerar al mundo urbano como una verdadera cultura caracterizada por su hibridez, pluralismo, dinamismo, complejidad y modalidades cambiantes (58 y 509 y ss), debido en parte a las migraciones que generan una ciudad dual (473), marcada por la violencia casi irracional que reconoce diversos orígenes (78) y escandalosas separaciones en lo económico, social y educativo (511 - 512). A la par es un ámbito de libertad y oportunidad (514).

También el Documento describe el tipo de personas que va generando la sociedad urbana y que coloca bajo el título de "rostros sufrientes que nos duelen" entre los que se destacan el cada vez mayor número de personas que viven en la calle, los adictos dependientes, los detenidos en las cárceles -mayoritariamente provenientes de las barriadas marginales-, los niños y adolescentes en riesgo, ya que han abandonado sus hogares debido a la desintegración familiar, la violencia o la miseria (407 y ss).

En el plano religioso, si bien se observan numerosas prácticas que tienen su sustento en la religiosidad popular, no es menos evidente que el hombre urbano se encuentra alejado o desconectado de las estructuras tradicionales creadas por la Iglesia, como por ejemplo la parroquia (173) o emigra hacia los grupos religiosos libres, en virtud de encontrar en ellos estructuras menos rígidas y una mayor experiencia espiritual y comunional (226).

Aun un autor crítico como J. Comblim reconoce que esta propuesta es un logro del Documento, señalando que "... es muy completo y define tareas que van a exigir la colaboración de millones de personas formadas".

De hecho, el tema se aborda en profundidad en el capítulo dedicado a "Nuestros Pueblos y la Cultura", a lo largo de los Nros. 509 a 519, aunque también -aunque no se la menciona explícitamente- se podría agregar lo referente a la Pastoral de la Comunicación Social que, como sabemos, es la gran forjadora de la cultura urbana con capacidad de penetrar también en los ámbitos rurales y a la de los nuevos aeropagos y centros de decisión, que por lo general se sitúan en el ámbito de las ciudades.

La propuesta eclesial en orden a esta nueva realidad podemos sintetizarla de la siguiente manera: responder a los desafíos de la urbanización; ser capaz de atender realidades multidiferenciadas; desarrollar una espiritualidad de la gratuidad y la misericordia; abrirse a las nuevas experiencias comunicacionales; transformación de las parroquias en centros comunionales; una mayor colaboración a nivel supraparroquial; brindar a los pobres y excluidos los bienes espirituales de la Iglesia; difusión alegre del Evangelio y formación de los fieles; actitud acogedora y acercamiento a los alejados, atención especial para los que experimentan cualquier tipo de sufrimiento y hacerse presente desde los inicios en las nuevas urbanizaciones (517).

Esto implica para los evangelizadores una verdadera transformación de criterios espirituales, mentales y pastorales si de veras desean que Cristo pueda ser descubierto como plenitud de vida, para lo cual se hace necesario adecuar lenguaje, estructuras e incluso horarios. También hace más que necesario abordar a la ciudad en su conjunto, a través de un proyecto pastoral orgánico y articulado y a la par una sectorización de las parroquias en unidades de labor más pequeñas. Privilegiar las relaciones interpersonales, teniendo en cuenta las profundas heridas psicológicas del hombre urbano, para lo cual son de suma importancia el sacramento de la reconciliación, la dirección espiritual y lo que se ha dado en llamar el ministerio de la escucha. Además habrá que elaborar estrategias que permitan transmitir el Evangelio en los ámbitos cerrados (edificios, countries y villas miseria).

No debe faltar la Palabra iluminadora de la Iglesia frente a los problemas sociales, la formación de laicos para la transmisión del mensaje de Jesús y para que incidan en los centros de decisión donde se juegan el presente y el futuro de la convivencia y la generación de un nuevo clero, dispuesto a desprenderse del contexto de neocristiandad que todavía pervive, para adecuarse a una sociedad pluralista y empobrecida (518), en la que se deberá tomar cada vez más conciencia de generar los propios recursos para sostener las estructuras pastorales (100e).

Respecto de los laicos, aunque fuera de este contexto que venimos hablando, el Documento señala que conscientes de su llamado a la santidad tienen que actuar a manera de fermento en la masa, para construir una ciudad temporal que esté de acuerdo con el proyecto de Dios (505).

A lo antedicho habría que sumarles las apreciaciones que el Documento hace sobre la Pastoral Social, la cual se recomienda vivamente para que se haga presente en las nuevas realidades de exclusión y marginación, las cuales sabemos se viven con mayor intensidad en los centros urbanos.

Si bien no es exclusivamente urbana, ya que las hay rurales, la misma tiene una larga tradición en las ciudades, al punto que algunas nacieron con ellas, y por ser parte de la estructura básica de comunión que tiene la Iglesia (304) no está exenta de la crisis que afecta la acción pastoral y por lo tanto necesitada de renovación.

Este proceso ya ha comenzado (99e), pero para ser evangélicamente eficaz tiene que integrarse a la pastoral diocesana (169); debe consolidarse como casas y escuelas de comunión (170) y prestar una atención preferencial a la familia, ya de por sí primera experiencia comunional (204).

Asimismo tiene que transformarse en una estructura participativa donde los laicos sean corresponsables de la tarea pastoral y encuentren en los párrocos -a los cuales no se les puede achacar falta de generosidad pastoral- a auténticos animadores y promotores de multiplicidad de ministerios y servicios para llegar a la mayor cantidad de personas, para lo cual habrá que agudizar cada vez más la inteligencia, ya que los desafíos son constantes y cambiantes (202 y 203).

El modelo, sin dudas, sigue siendo el de Hechos de los Apóstoles, donde se señala que tenían un solo corazón y una sola alma y compartían todo lo que tenían.

Concluyendo, podemos señalar que el mismo Espíritu que animó la primera evangelización en Judea, Samaria y las ciudades grecorromanas, y que luego lo hizo durante siglos en el mundo rural europeo y latinoamericano, es el mismo Espíritu que animará el anuncio del Evangelio en las estructuras urbanas de nuestro tiempo.

[email protected]