Entre 1845, cuando el marino de su majestad británica sir John Franklin se dirige al Polo Norte e ingresa en el paso del Noroeste con los navíos Erebus y Terror, perdiéndose en la inmensidad, y 1968, cuando el explorador británico Wally Herbert se convierte en el primer hombre no sólo en llegar al Polo Norte a pie, sino en atravesar la banquisa polar, se extiende una numerosa serie de aventuras felices y de desgraciadas que Fergus Fleming describe en "La conquista del Polo Norte", "una de las últimas epopeyas de la humanidad", que acaba de publicar Tusquets.
Las exploraciones, los esfuerzos, las aventuras y desventura de John Franklin, Elisha Kent Kane, Fridtjof Nansen, Frederick Cook, Robert Evelyn Byrd y Robert Edwin Peary, entre otros son descriptas por el historiador Fleming con una notable capacidad biográfica, descriptiva e investigativa.
La fantasía encendida, la ambición demiúrgica y el delirio marcan también el itinerario de estas búsquedas. "En un raro arranque de fantasía, Peary comparó una vez los descubrimientos geográficos con los cuentos de hadas. "Hay cierta embriaguez en ello", dijo, "en el pensamiento de que `mis ojos son los primeros que han contemplado esta escena, mío es el roce que ha despertado a la princesa durmiente'... Si hay una imagen que pueda considerarse el epítome de la búsqueda del Polo Norte no es la de las expediciones equipadas con prendas aislantes de color anaranjado que se organizan hoy con fines sumamente prácticos, sino el recuerdo de Ross Marvin vestido con pieles, llegando con sus perros al lugar desde el que se divisaba la orilla septentrional del Gran Canal y transportando los pertrechos que llevarían a Peary hacia la cima del mundo". Robert Peary, el hombre que pudo exclamar en 1909: "íEl Polo por fin! El premio de tres siglos, mi sueño y mi ambición durante 23 años. Mío