AL MARGEN DE LA CRÓNICA
Haz lo que yo digo...

Domingo por la tarde, teatro santafesino, fiesta del Jardín. Nenes disfrazados, con su emoción hecha grito y su excitación traducida en risotadas extrañas.

Los más precavidos arriban temprano. Es la segunda presentación; entonces, ya conocen los tiempos. El año pasado fue todo más difícil: llegaron sobre la hora, tuvieron que esperar en la vereda y consiguieron una ubicación no tan privilegiada.

Esta vez, entonces, una hora antes están allí. Los minutos pasan, la cola comienza a agrandarse y a tomar características amorfas. La pareja precavida aprendió varias cosas después de la primera experiencia. No sólo a llegar temprano, sino también a disfrutar de esos pequeños pasos que se lucen en el escenario. Esta vez no interesa sacar fotos: importa vivir intensamente el momento, importa no perder de vista a esa cabecita rubia que va y viene nerviosa sobre el escenario.

La cola se sigue deformando. De repente, las puertas se abren y un aluvión de padres desaforados lucha cuerpo a cuerpo para lograr el primer puesto. El pibe que debería recibir las entradas queda inmovilizado frente a la despiadada avalancha.

Los precavidos tratan de ingresar, indignados, pero dispuestos a que nada los haga olvidar de la alegría.

Los organizadores de la fiesta se encargaron previamente de pedir, a través de los cuadernos de comunicaciones, que nadie reservara asientos. Los ingenuos precavidos suponen que todos obedecerán. Pero la primera fila está reservada. Y la segunda. Y la tercera.

Así, atónitos, logran ubicarse entre las últimas butacas. No perdieron la calma, pero en cambio están perturbados. Los chicos suben al escenario, hablan de los valores de la humanidad, del respeto, del cuidado por el otro. Y todo el público aplaude eufórico, como si entendiera.