Lidia Mendoza volvió ayer a la casa de sus padres, en Santo Tomé, para llevarles tranquilidad y comunicarles su decisión de no regresar. La joven de 16 años había sido vista por última vez el 14 de septiembre, fecha a partir de la cual se comenzaron a tejer las peores historias sobre su destino. Ahora se sabe que está bien, que se fue por decisión propia y vive en una casa de barrio San Lorenzo de esta ciudad.
La buena nueva la dio Laura Márquez, madre de la menor, que se comunicó esta mañana con El Litoral. Por su parte, la Justicia se encargó de confirmar que ya no está vigente el pedido de paradero radicado en la subcomisaría 13° del barrio Iriondo Oeste de Santo Tomé.
Con lo ocurrido se confirma la hipótesis de la policía, que desde un primer momento barajaba la posibilidad de que la menor no corría riesgos y estaba con una persona de su confianza.
No obstante y ante el temor de los padres, infundido por testigos que dijeron haber visto a Lidia subir a un auto con un hombre grande -sin precisar si fue con su consentimiento o contra su voluntad-, localizaron al supuesto captor para averiguar si esto era cierto.
El hombre, mucho mayor que la chica, desmintió rotundamente haber estado con ella ese día, aunque todo indica que solía frecuentarla desde hacía algún tiempo.
Según explicó la mamá, la resistencia de la familia a la dispar relación fue uno de los motivos que alejaron a Lidia de su hogar. Sin embargo no fue con él con quien huyó, sino con un chico de 16 años, desconocido hasta ese momento por los padres.
Desde su desaparición hace 20 días, ambos comparten una piecita, que está en el fondo de la casa de los padres del muchacho, en el barrio San Lorenzo, donde seguirán alojados por el momento. La diferencia es que a partir del reencuentro entre Lidia y sus padres, la convivencia parece haber sido aceptada por todos, que agradecieron que la chica haya aparecido sana y salva.
Ayer, en horas del mediodía "me mandó un mensaje diciéndome que la llamara", contó Laura. La mujer marcó de inmediato el número de su celular y por fin oyó la voz de su hija que le decía que estaba bien y pedía que no la presionaran para que regrese.
Entonces las dos mujeres se encontraron esa misma tarde en la casa de calle Mosconi, en Santo Tomé y acordaron las nuevas pautas de convivencia. Los padres aceptaron la determinación, con la condición de poder verla de tanto en tanto.