Pertenece al linaje de Ulises, Espartaco o Lawrence. Es el héroe. El hombre que consume su vida en nombre del ideal más representativo de su tiempo. Sartre lo definió en esos términos. Si Cervantes hubiera vivido lo habría transformado en su personaje; como eso no fue posible, él en su carta dirigida a Castro se compara con el caballero español.
Es el héroe, pero es el héroe griego, el personaje mitológico que afirma el protagonismo del individuo en la historia. Poco importan los argumentos ideológicos a los que recurre para justificar sus hazañas. Lo que importa es que esas ideas expresen las metas más nobles de su tiempo. El héroe es por definición un aristócrata, alguien que se distingue de la masa, de la multitud, pero que se diferencia de los déspotas, porque actúa en nombre de los pobres, se inmola por ellos sin importarle demasiado si los destinatarios de su sacrificio lo comprenden.
El héroe es un aristócrata que disfruta de privilegios que no tienen que ver con el dinero. Sus virtudes son las del coraje y el honor. El héroe es un hombre de fe y para el caso da lo mismo Jesús o Marx. Sus atributos son la juventud y la belleza; su destino es la muerte. El héroe siempre muere y su muerte permite el nacimiento del mito y la leyenda.
El héroe cree en los efectos redentores de la violencia. No es un mercenario, es un justiciero que muere por su verdad. No lucha por el poder, su reino no es de este mundo. Su imagen se parece más a la del santo que a la del político.
El Che pertenece a esa galería. Inútil pretender reducirlo a un personaje histórico, a un teórico marxista o, incluso, a un político revolucionario. Fue todo eso, pero aquello que lo transforma en un protagonista del siglo XX, aquello que explica que a cuarenta años de su muerte se escriba sobre él, tiene muy poco que ver con la teoría política, con las rutinas del funcionario e incluso con la destreza del guerrillero.
En el siglo XX, hubo muchos dirigentes revolucionarios, tan o más talentosos que él. También hubo muchos mártires, pero ninguno de ellos adquirió la estatura mitológica del Che. Lenín fue un intelectual más sólido; Trotsky lo aventajaba como teórico y como artista; Gramsci lo superó en creatividad y padecimientos; Fidel Castro le demostró que las lecturas de Maquiavelo eran más importantes que las de Marx, pero ninguno de ellos impactó en la sensibilidad, en el corazón de los hombres como lo hizo el Che.
La explicación a este dilema no pertenece al campo estricto de la política, entre otras cosas porque la leyenda del Che ya se separó de la política. A Lenín, Castro, Gramsci o Trotsky, se los juzga como políticos, como grandes políticos revolucionarios; a la hora de juzgar al Che la política es apenas un pretexto.
Si se permite la diferencia, diría que el Che no debe ser evaluado como un revolucionario sino como un rebelde. En un mundo agobiado por los realismos y los rigores del poder, él encarna la rebelión a toda lógica, a toda burocracia, a todo racionalismo. Por decisión, por convicciones, por estilo de vida es el inconformista, el aguafiestas. El hombre que tiene el privilegio de vivir una revolución -privilegio que la inmensa mayoría de los revolucionarios no conoce- abandona cargos, honores, comodidades para volver al terreno del combate, al terreno en donde todo está claro, en donde el enemigo es enemigo y el amigo, amigo.
El Che no resiste las rutinas del poder. Las intrigas lo exasperan. El joven que renunció a una honorable profesión burguesa en la Argentina no está dispuesto a consumir sus horas atendiendo en un despacho los informes técnicos. Si el egresado universitario huye a su destino de profesional burgués en una moto, el funcionario de la revolución cubana huye a su destino de burócrata en nombre de la revolución mundial.
Ya para entonces es un personaje que molesta a todos. El realismo de los burócratas soviéticos lo exaspera; las sutilezas de la diplomacia lo confunden. "Pelear contra el imperialismo en donde quiera que esté", según sus propias palabras, es más reconfortante que construir un nuevo orden social. La gloria no estaba en las oficinas, sino en los campos de batalla.
Cuarenta años después, el mito sobrevive a duras penas a las exigencias de una sociedad que por su capacidad de consumir ha demostrado ser más fuerte que aquellos que pretendían impugnarla. En el siglo XXI, la vida se valoriza en otros términos. Nadie, salvo los integristas islámicos, está dispuesto a morir por una causa ideológica. La filosofía de la muerte, la pulsión por la muerte, pertenece más al territorio del fascismo que al de las causas justas. Marx y Lenín en sus tiempos pensaban en términos parecidos: no se luchaba para morir, se luchaba para vivir.
El Che, para muchos hoy, es apenas una calcomanía, el afiche en un recital de rock, la bandera de una barra de fútbol. Para la izquierda, es un ejemplo a seguir. También ellos son víctimas del consumismo y en algunos casos del oportunismo. En 1967, la estrategia del Che en Bolivia fue cuestionada por trotskistas, comunistas y maoístas. Tenían razón. Desde el punto de vista político, la estrategia de Che en Bolivia era indefendible. Recuerdo un libro del secretario general del Partido Comunista argentino, Fernando Nadra, titulado "Las vías de la revolución" condenando la estrategia del "pequeño burgués aventurero". Recuerdo las críticas de trotskistas seguidores de Moreno y de maoístas seguidores de Otto Vargas. En todos los casos, impugnaban la metodología y hasta hablaban del mesianismo foquista.
También en estos casos, la memoria es importante, no para reprochar las críticas al foquismo, sino para cuestionar la manipulación política de un mito cuarenta años después. Hoy la izquierda no reivindica al político que en 1967 se equivocó y que se venía equivocando desde hacía rato, lo que hace es manipular al mito o someterse a las exigencias de las sociedades de consumo.
Sin duda que fue un hombre extraordinario que supo vivir y morir en circunstancias extraordinarias. Su ejemplo seduce, pero nada más. Los hombres no son héroes ni pretenden serlo; son, con mucho esfuerzo, hombres. Es probable que se pueda hablar de él desde otros lugares. La izquierda y la derecha así lo hacen.
Por diferentes razones para unos y otros, es el paradigma del revolucionario. Para la izquierda, es el marxista que expresa la pasión por una sociedad más justa; para la derecha, es el comunista que ataca la propiedad privada y en nombre de esa causa no vacila en matar.
Insisto en que en cualquiera de esas interpretaciones hay algo de verdad, pero lo más importante del Che está ausente. El hombre que defendió los estímulos morales frente al materialismo dogmático de los soviéticos, el hombre que resaltó el valor de los sentimientos humanistas del revolucionario y que se sabía de memoria los poemas de Baudelaire, es también el hombre que se jactaba de ser una implacable máquina de matar.
Para ser el que fue, luchó con el rigor de una voluntad de hierro contra los límites de su salud y los límites de su propia clase. El asma nunca le dio sosiego pero siempre lo supo mantener a raya; el guerrillero derrotó al universitario pequeño burgués, pero nunca supo que en ese esfuerzo por construir al hombre nuevo, lo que afirmaba era al aristócrata, al vástago de familias patricias venidas a menos que encontraba en el limbo del héroe el lugar que la sociedad burguesa le negaba.