Los ojos del mundo están puestos en Birmania. La denominada "revolución azafrán" ha conquistado las simpatías de la opinión pública internacional: conservadores, progresistas, liberales, militantes de los más diversos credos religiosos, manifiestan su solidaridad con el pueblo de Birmania.
Las movilizaciones callejeras son multitudinarias. A la cabeza de esa manifestación están los monjes budistas, prestigiados ante la sociedad por su vida austera y sus testimonios de solidaridad con los más necesitados. Las movilizaciones populares se extendieron por las más importantes ciudades del país: estudiantes, trabajadores, ciudadanos en general salieron a la calle a protestar contra los excesos de una dictadura militar que gobierna con mano de hierro a la nación desde hace cuarenta y cinco años.
Las expectativas políticas están puestas en la Premio Nobel de la Paz, San Suu Kyi, quien padece prisión domiciliaria desde hace años. San Suu Kyi ganó en 1990 las elecciones convocadas por los militares, motivo por el cual los comicios se anularon y los principales líderes de la oposición fueron detenidos o debieron optar por el exilio.
La dictadura militar birmana es una de las más crueles de una región que en el pasado no se distinguió por disponer de gobiernos democráticos. Los dictadores rotan en el poder constituido en la fuente exclusiva de las decisiones políticas y económicas.
Los militares no sólo detentan el poder político, sino que son los principales titulares del poder económico, al punto que ningún negocio se puede hacer en Birmania sin su autorización. Si la represión a toda forma de disidencia constituye la exteriorización del poder militar para asegurar el control de la sociedad, el secreto más estricto a la hora de tomar decisiones económicas y sociales constituye la otra cara de la moneda.
Así fue como los gobernados se enteraron, hace unos años, que el país no se llamaba más Birmania sino Myanmar, una designación reconocida a medias por las Naciones Unidas. La misma sorpresa recibió la población cuando le informaron que la capital dejaba de ser Rangún y todos los trámites burocráticos debían realizarlos en una ciudad que aún se está construyendo a más de 500 kilómetros de distancia.
La gota que rebalsó el vaso fue el aumento de los combustibles, que en más de un caso se quintuplicó. En un país agobiado por el hambre y la pobreza, esta decisión de los militares provocó gran indignación; y por primera vez en muchos miles de años, monjes budistas salieron pacíficamente a las calles para manifestar su oposición a las medidas económicas y reclamar garantías democráticas.
A pesar de la represión y de los severos controles informativos, la noticia trascendió las fronteras y el mundo entero tomó conocimiento del carácter represivo de una de las dictaduras militares más prolongadas del planeta. Las Naciones Unidas se han solidarizado con el pueblo de Birmania y han incrementado las sanciones contra la dictadura. Con todo, el desenlace de la crisis aún no se avizora, pero para ello sería deseable que India y China terminen de retirarle el apoyo al régimen militar.