Las voces que hace unos años se alzaban temerosas, tratando de hacerse oír entre tantos anuncios altivos que las reprimían, hoy llegan a la afonía: la mano del hombre ha ocasionado y ocasiona un daño tal, que la naturaleza ya se está volviendo contra la humanidad. Y a pesar de las evidencias, la inconciencia continúa.
Ayer lo alertaban una vez más, con una insistencia que llega al hartazgo, en un informe de la Secretaría de Medio Ambiente destinado a las Naciones Unidas: la tala de bosques nativos y la alta emisión de gases de efecto invernadero por la actividad económica generan sequías en algunas regiones, más riesgo de inundaciones en otras y la posibilidad cierta de desertización un poco más allá.
Y el especialista en Recursos Hídricos Gustavo Villauría, entrevistado por El Litoral esta semana, ponía el acento en identificar estas variaciones dentro de la categoría "ambiental", en lugar del trillado "cambio climático". Es que es el propio accionar humano, con desmontes, cambios de uso del suelo, canalizaciones y eliminación de reservorios naturales, lo que produce las distorsiones.
El diagnóstico es claro: el hombre metió la mano y modificó (mal) las condiciones naturales que, para evitar riesgos, no deberían haberse tocado. En Santa Fe y el resto de la provincia, la impermeabilización de suelos, por siembra y construcciones; la propagación de canales y el avance del espacio urbano sobre el río incrementan el riesgo que hace que, por ejemplo, la ciudad tenga más chances de inundarse. Todo esto se ve agravado por la falta de políticas serias del agua, que prevean y anticipen.
Los que saben se cansan de remarcar la urgencia: se necesita una evaluación completa de las cuencas hídricas en la provincia y prestarle atención al escurrimiento del agua en la ciudad. Sin embargo, vaya paradoja, en un territorio que ya cuenta con varias y nefastas experiencias de inundaciones, el agua aún no es una política de Estado.