Luego de pasar el invierno en aguas más cálidas, con un perfil mucho más bajo que las ballenas que anuncian con bombos y platillos su arribo a la zona de Puerto Madryn, los pingüinos de penacho amarillo arriban a la Patagonia para tener sus crías. Una auténtica rareza en el reino animal: sólo existen en el mundo tres millones de estos pájaros reconocibles por un par de mechones amarillos sobre los ojos.
Su nombre científico es Eudyptes chrysocome, aunque los más chicos los pueden reconocer por haberlos visto en recientes películas de animación, como "Happy Feet" o "Reyes de las Olas". Se trata del más pequeño de la familia de los pingüinos, con apenas 55 centímetros y tres kilos y medio.
Los estudiosos han podido detectar tres grandes poblaciones, una distribuida entre las islas subantárticas de Argentina y Chile, otra cerca de Nueva Zelanda y la tercera en el Océano Indico.
De la población que ocupa nuestras aguas, sólo una colonia está lo suficientemente cerca de la costa, como para constituir un paseo accesible al viajero común. A 11 millas náuticas (unos 20 kilómetros) de la ciudad de Puerto Deseado, la Isla Pingüino invita a los amantes de la naturaleza a proveerse de espíritu de aventura y la guía de un buen baqueano.
Acercarse hasta estas latitudes -las mismas que recorrió Charles Darwin con su buque "Beagle"- implica un desembarco accidentado, donde juegan factores como las mareas y el estado físico para saltar sobre las piedras.
Declarada Reserva Provincial en 1992, la pequeña isla recibe a los penacho amarillo entre la primavera y los primeros días del otoño, conviviendo con sus "primos" de Magallanes, los skúas, las gaviotas, los cormoranes, los lobos y los elefantes marinos.
Pero, pese a la abundancia de fauna, el premio mayor está bien escondido en una grieta cercana a la costa oriental de la isla. Unos gritos se encargan de guiar al visitante, que pronto se asombra ante cientos de cabecitas que asoman entre las rocas.
Se trata de la única colonia de esta especie de nuestro territorio continental, ya que las demás se encuentran en las islas subantárticas y en las Malvinas. Durante la temporada de reproducción, las parejas se establecen en esta grieta y se turnan para empollar mientras el otro se alimenta, sin distinción alguna de sexos.
La nidada consiste de dos huevos, de los cuales el primero suele ser más pequeño que el segundo. Por un extraño mecanismo de la naturaleza, el primero suele desaparecer, o en casos extraordinarios ambos llegan al final de la incubación. Pero irremediablemente, sólo uno sobrevive en la enorme mayoría de los casos.
Sabedores del peligro que corren como especie, han desarrollado una agresividad que les sirve para defenderse. Por eso, pese a su aspecto simpático, los animalitos son sumamente decididos si perciben algún peligro para sus crías. Acostumbrados al ataque de depredadores, son capaces de emprenderla a picotazos con cualquier intruso, incluyendo a los turistas desprevenidos.
La Isla Pingüino, más allá de la posibilidad de contemplar a sus moradores exclusivos, brinda un festival de formas, colores y sonidos capaces de saturar los sentidos. Ni bien se desembarca, una pequeña planicie sirve de antesala a un viejo faro que le da a todo el conjunto un aura misteriosa. Paralelos a dos hileras de rocas que alguna vez fueron un sendero, caminan los inconfundibles pingüinos de Magallanes.
Quienes se entusiasman por seguir a estas aves no conocen un nuevo obstáculo a punto de aparecer. Del cielo surgen unos pájaros que arremeten sobre los turistas con velocidad y precisión de misiles. Los skúas, amos y señores de esas planicies, defienden sus nidos con sus propios cuerpos, obligando a echarse cuerpo a tierra o a espantarlos con un palo.
El faro abandonado, con su torre pintada con las clásicas rayas rojas y blancas, sirve de refugio a cientos de estas aves, como si se tratara de un enorme gallinero. Es una torre compuesta de una primera parte de mampostería, que se eleva unos 11 metros, seguida de una sección de hierro de similar altura.
Primitivamente, este faro era alimentado a kerosene, aunque luego se pasó al acetileno y más tarde a la electricidad.
De la mano de los avances tecnológicos no hizo falta personal para operarlo, aunque todavía persiste la edificación que alojaba a los marinos que cuidaban de estos lejanos confines.
UN PARAÍSO SOLITARIO
Puerto Deseado se ubica sobre la única ría (cauce seco de un río que fue invadido por las aguas del mar) de Sudamérica. Con 42 kilómetros de extensión, este accidente geográfico presenció la visita de Charles Darwin en las primeras décadas del siglo XIX.
El naturalista inglés se mostró muy sorprendido por lo extraño y solitario del paisaje, con enormes paredes rocosas que flanquean a un curso de aguas profundamente azules.
En esta zona abundan las aves y los mamíferos marinos, lo cual constituye un paseo capaz de seguir emocionando a los visitantes de estos tiempos modernos.