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Decir que "La casa de Bernarda Alba" es un clásico de la dramaturgia universal no es novedad. Sus temas aparecieron, en el momento de su estreno, mejor ajustados al gusto del público de Federico García Lorca. �Por qué? El autor suavizó el impacto de su mensaje alejando la realidad de sus personajes de la de sus espectadores. Bernarda y sus hijas pertenecen al mundo campesino y no al ambiente burgués de los protagonistas de las anteriores obras del escritor. Así, el auditorio se veía distanciado de la acción dramática pero, al mismo tiempo, sentía sus emociones interpeladas.
Junto con "Bodas de sangre" (y también "Yerma") representan escenas fotografiadas de la vida campesina granadina. Utilizando un realismo inevitable, propio de la situación de los protagonistas, pero no necesariamente trasladable al espectador. Esas piezas inciden en la tradición de una gente, ahora ciudadana, que no quería reconocerse en el escenario. El autor alejó a su espectador de la situación dramática sin eliminar el efecto de su mensaje. La creación de la distancia diluía el choque inmediato y, así, se demostraba que conocía a su público.
Deliberadamente Lorca situó esas tragedias en el campo. Con toda conciencia retrató a sus protagonistas, todas mujeres, con ansias de gozar, con hambre de varón. Por eso resulta inteligente el espectáculo "Sangre que devora", presentado por el Grupo Biciclisis en la pequeña sala de la Fundación Bica. Mariano Dufour firma la versión de un texto que toma esencialmente a "La casa de...", más elementos de "Bodas..." y poemas de diversas etapas del bardo granadino.
El interés radica en cómo la re-visita de este clásico procura un mayor control de la situación dramática. La cuestión realidad-ilusión pasa a un plano inferior y toma jerarquía de teatralidad el fuerte dibujo de los personajes que le permiten a Dufour desplegar la idea de que son personajes cuyas tragedias personales prestan teatralidad a sus vidas.
En la casa de Bernarda viven mujeres que sueñan con la libertad y el amor, dos ilusiones que la misma Bernarda aniquila con cada palabra que pronuncia. Ella es un personaje con el que el público no se identifica, pero es un carácter que todos conocen, porque es la mujer lorquiana que lucha constantemente entre la realidad y la ilusión. Pugna por controlar la realidad para mantener viva la ilusión que ha engendrado en su mente y sus hijas y Poncia, la sirvienta, desempeñan el rol que ella les ha asignado.
En esta versión, el carácter de Bernarda se prolonga en el de sus hijas, que la obedecen por miedo y porque están hechas de la misma tela. Todas sus hijas son Bernardas en potencia. Menos una. Adela resiste y junto a su madre representa las fuerzas contrastantes. Se necesitan la una a la otra como elementos teatrales. El conflicto dramático se centra en ellas. Sin Bernarda el desenfreno de su hija perdería empuje. Y del mismo modo, el carácter de Bernarda fomenta el fuerte deseo de libertad que tiene Adela.
Desde la dirección, Dufour basa su trabajo en el brillante desempeño actoral de Cintia Bertolino, con toda la frescura, la belleza y la rebeldía de Adela; Mirna Cettour, perfecta en la transmisión del dolor de Martirio; María Amelia Haye, la Poncia dominada pero segura, sin ambages y Santiaga López, una Angustias que transmite todo lo que su nombre señala (maravilloso momento es el reclamo de la foto de su novio). Es sólo correcta la interpretación de Mariana Mathier. Desde la dirección se confunde el rol de Bernarda: no es autoritaria porque grite, sino porque debe imponer su autoridad ante la presencia de estas hijas que no son nada mansas y ese objetivo no se cumple.
"Sangre que devora" es, de todos modos, un excelente espectáculo que permite una nueva mirada al mundo lorquiano, que podrá disfrutar esencialmente el público joven. Así también el teatro santafesino se nutre de savia nueva. Y profundamente sensible.
Roberto Schneider