Editorial
Por una diplomacia de equilibrios

Según Jorge Luis Borges, el imperio más que un privilegio es una responsabilidad. La pregunta adecuada en este caso sería, ¿qué tipo de responsabilidad? Históricamente, hay dos respuestas posibles: la del cardenal Richelieu y la del canciller austríaco Klemens Metternich (1809-1859). Para el cardenal francés, el objetivo de la diplomacia es asegurar el orden político interno y diseñar el orden político externo de acuerdo con esos valores.

En cambio, para el canciller austríaco, el objetivo de toda política exterior es consolidar el equilibrio entre las grandes potencias. A su manera, Richelieu prefiguraba la política de gran potencia que en el siglo XX practicaría Estados Unidos; mientras el canciller austríaco, por su parte, anticipaba la diplomacia de la Unión Europea y su modelo político sería la Santa Alianza, un acuerdo que le dio al mundo cien años de paz.

Hoy, Estados Unidos se piensa a sí mismo como el faro moral de la humanidad y, al mismo tiempo, como el sheriff, el gendarme o el cruzado. Desde la Primera Guerra Mundial hasta la fecha, el paradigma moral y el coercitivo han convivido con tensiones pero sin desgarramientos. La política del garrote y la del buen vecino han sido complementarias, no antagónicas. La diplomacia de Bush le ha incorporado un componente religioso que siempre estuvo presente, pero no de manera tan ostentosa y conservadora.

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos encabezó la resistencia al totalitarismo comunista. En lo fundamental, el resto de las naciones de Occidente se alineó en esa causa, pero nadie puso en discusión el liderazgo yanqui, ni sus aliados ni sus enemigos. Está claro que los costos económicos de esa batalla corrieron por su cuenta.

Derrumbada la URSS y sus satélites, EE.UU. teorizó a través de sus intelectuales acerca del fin de la historia y de la guerra de las civilizaciones. El primer libreto era útil para Occidente; el segundo, para Oriente, incluidos el Golfo y la civilización musulmana.

En todas estas circunstancias, el símbolo de la diplomacia de Washington fue el halcón, a veces transformado en paloma, pero sin perder por ello su capacidad ofensiva. Estados Unidos nunca consideró en serio la alternativa de Metternich, es decir, la del equilibrio. Su configuración histórica fue siempre la del sheriff o el pastor puritano, es decir, la de Teodoro Roosevelt o Woodrow Wilson.

La administración Bush no parece ser la más indicada para construir este nuevo orden internacional; pero ya se sabe que los rumbos de la política muchas veces están más condicionados por las relaciones de fuerza que por las especulaciones.

Nuevos actores económicos, nuevos escenarios políticos exigen otro tipo de iniciativas diplomáticas. El paradigma del pastor puritano y del cruzado otorgó al imperio sus beneficios, pero ya está dando señales visibles de agotamiento.

Las Naciones Unidas fueron útiles durante casi cincuenta años. Pero hoy no satisfacen a nadie, ni a las víctimas ni a los victimarios y la respuesta a esta crisis no puede ser otra vez la imposición del garrote, sino la construcción del equilibrio. Metternich en lugar de Richelieu, por lo menos así lo piensa Kissinger, discípulo, según sus palabras, del flemático e impasible canciller austríaco.