La vuelta al mundo
Pakistán y el dictador amigo de Occidente
Por Rogelio Alaniz

Pakistán este año cumplió sesenta años, pero no sería exagerado decir que su historia como nación independiente es la historia de sus conflictos religiosos y fronterizos. En estos días, su autoridad máxima, el general Pervez Musharraf, decretó la ley marcial, organizó una redada de opositores y es muy probable que postergue hacia el infinito las elecciones previstas para dentro de tres meses.

La decisión de Musharraf ha suscitado críticas en Europa y en Estados Unidos, pero no hay razones para creer que esas críticas le hagan perder el sueño al hombre que ha hecho de la violencia y el despotismo el principal instrumento de su política. Musharraf siempre fue considerado un dictador, pero a diferencia de sus colegas de la región, su dictadura es aliada de Estados Unidos. "Es un cretino, pero es nuestro", podría muy bien decir el Departamento de Estado, como en su momento lo dijo de Trujillo.

Bush expresó algunas tibias críticas� a la reciente decisión del jefe pakistaní, pero está claro que Estados Unidos no puede darse el lujo de ser muy duro con uno de sus pocos aliados en la región. Musharraf cree en la democracia o en la causa de Occidente como cree en la Santísima Trinidad, pero su habilidad política lo ha llevado a cobijarse bajo el ala de la Casa Blanca, invocando su solidaridad con la lucha contra el terrorismo islámico.

Musharraf llegó al poder en 1999, a través de un golpe de Estado, luego de derrocar a Nowaz Sharif, considerado en la actualidad uno de los políticos más prestigiosos de la Nación. Justamente, en estos días Sharif intentó regresar a su patria, pero el régimen militar le negó el ingreso.

No terminan allí los problemas del régimen. El 18 de octubre regresó a Pakistán la ex primera ministra Benazir Bhutto, luego de ocho años de exilio. Según los entendidos, Bhutto habría llegado a un acuerdo con Musharraf para un gobierno compartido; pero una semana después de su llegada fue víctima de un atentado terrorista que por milagro no la hizo volar por los aires, aunque como consecuencia de la explosión hubo más de 150 muertos. Musharraf condenó el atentado, pero más de un analista político supone que si él no estuvo directamente comprometido, sí lo estuvieron algunos de sus colaboradores, quienes desde hace años actúan por cuenta propia.

A la hora de inventariar tragedias, el año 2007 fue bastante generoso. El 3 de julio los estudiantes islámicos tomaron la Mezquita Roja de Islamabad y la represión policial fue durísima. La respuesta de los fanáticos religiosos no se hizo esperar y uno de los motivos de las actuales medidas de fuerza se justifican en nombre del orden contra el terrorismo, particularmente asentado en el noroeste del país.

El principal escándalo político que debió afrontar el régimen surgió como consecuencia de la destitución del presidente de la Corte Suprema de Justicia. Esto ocurrió en marzo de este año y el motivo estuvo relacionado con la oposición de los jueces a otorgarle más poderes a Musharraf. La movilización popular contra esa iniciativa fue tan grande que meses después el régimen se vio obligado a restituir al presidente de la Corte en su cargo.

Desde hace por lo menos dos años Musharraf insiste en que su objetivo es la consolidación de un régimen democrático. Lo que ocurre es que supone que él es el principal garante de esa democracia. Y que para que la transición no sea conflictiva es necesario que el Parlamento y la Justicia le otorguen un período más.

Como la oposición liberal y religiosa se han opuesto a esta pretensión, su respuesta ha sido la implantación de la ley marcial acompañada de una redada contra los principales líderes opositores. Para consumo de Occidente, la medida se justifica en nombre de la lucha contra el terrorismo islámico, aunque los principales líderes democráticos del mundo saben que el dictador se vale de ese argumento para mantenerse en el poder.

La relación de Bush con Musharraf pone en evidencia las contradicciones o los límites de la política norteamericana en la región. Si por un lado su principal argumento contra el terrorismo es la causa de la democracia, por el otro, las imposiciones de la realidad lo obligan a establecer alianzas con jefes militares o jeques y sultanes corruptos, cuya relación con la democracia es inexistente.

Pakistán es hoy uno de los principales aliados de Bush y no hay motivos para suponer que esta relación se vaya a romper por escrúpulos democráticos, mucho menos en un país en donde la democracia, tal como se la entiende en Occidente, es una flor exótica. Recordemos que Pakistán cuenta en la actualidad con una población de unos 67 millones de habitantes. La inmensa mayoría practica la religión musulmana y en los últimos años el fanatismo islámico ha crecido, agitando banderas nacionalistas contra un Musharraf supuestamente vendido a los infieles.

Hoy los principales líderes opositores no religiosos son Sharif y Bhutto, pero mientras el soporte del poder de Musharraf sean las fuerzas armadas no hay motivos para pensar que estos dirigentes puedan constituirse en una alternativa política válida a la dictadura. Tanto Sharif como Bhutto fueron primeros ministros y ambos padecieron durante años el exilio. En el caso de Bhutto, las luchas políticas provocaron el juicio y linchamiento de su padre y el asesinato de dos de sus hermanos. Ella misma padeció cárceles y el "beneficio" alcanzó a su marido, quien llegó a estar ocho años detenido.

No terminan allí los problemas de esta nación. Desde hace décadas la pretendida secesión de Karachi se ha transformado en una causa nacional y en el motivo de una renovada tensión con la India. Como se recordará, cuando Inglaterra se retiró de la India, su virrey, Lord Mountbatten, organizó la división del territorio en dos naciones, una con mayoría hindú, la India, otra con mayoría musulmana, Pakistán. La solución fue inevitable, pero los costos que pagaron los pueblos fueron altísimos, al punto que se considera que en nombre de la delimitación de la línea fronteriza las masacres de un lado y del otro se cobraron más de medio millón de personas.

En 1971 se crea Bangladesh como nación independiente. La secesión no fue pacífica y hasta el día de la fecha las heridas por aquella secesión continúan abiertas. Como fruta del postre, habría que agregar que tanto la India como Pakistán disponen de armamento nuclear, por lo que pierde consistencia el argumento de Estados Unidos en contra de que ciertos Estados calificados de irresponsables adquieran este tipo de armamentos.