Llegan cartas

La historia de Tom

Señores directores: 5 de junio, la siesta. Siesta de invierno, apenas tibia. Silenciosa para unos, ruidosa para otros, hecha de movimientos, pasos rápidos, ojos vacíos. Silenciosa. Bocas mudas, palabras disparadas para quien quisiera oír. Todo estaba allí para ser tomado o pisoteado y, en el apuro, en el tiempo sin tiempo, estaba él. Sólo bastó mirar, dejar correr el corazón y detener las piernas y en este detener lo vi... Nos miramos. La claridad llegó de pronto en unos ojos viejos -vieja la pena-, cabeza peluda, lo único con pelos. El que detrás de su cuerpo flaco, hambreado, pelado, dejaba entrever lo que una vez fue: un perro.

Imponente su cabeza, desolada su mirada; lo demás, huesos. Bastaron un par de palabras: "íVamos viejo!", y él subió sumisamente, sarna a cuestas. Se acomodó en el asiento trasero del auto, como si siempre hubiese sido suyo, un lugar (algún lugar) y desde allí su mirada habló "piedad" dijo, lo sentí así.

Lo demás fue cuestión de tiempo, paciencia, caridad, sabias y gentiles manos veterinarias. Así fue rebautizado, sin historia previa, a puro corazón el nombre elegido fue "Viejo Tom" y con él, recordó y recuperó la caricia, el alimento, la palabra amigable, el gesto amable, la sonrisa tibia, el paso que acompaña al pie que no patea, sólo acompaña.

Y pasó el invierno, llegó setiembre; con él, las flores y los pelos. Su cuerpo tomó forma de cuerpo. Su gemido fue ladrido y la esperanza quiso ser sueño, el sueño meta, y la meta para "Viejo Tom" era pertenencia.

Llegó el momento, era la hora de la búsqueda, de una nueva oportunidad de ser, de vida. Se lo merecía mi querido luchador, mi gladiador de huesos perdidos.

Comenzó la maratón y así llegaron los amigos, esos con oídos que escuchan, con ideas, la radio, la televisión y el diario fueron aliados, y Viejo Tom salió a la luz.

La respuesta fue rápida, comenzó con el teléfono, preguntaban "cómo es", "cuándo apareció"; a la pregunta seguía el "pobrecito...". De pronto el teléfono sonó más fuerte (me pareció así). Del otro lado una voz entre esperanzada y temerosa dijo: "Yo perdí a mi perro y se llamaba Tom; mi hija Lourdes lo extraña y busca desde hace un año. Cuando leyó el diario dijo: `íPapá apareció Tom, buscalo!...".

Nada parecía real, sólo los protagonistas, tan desconocidos, pero tan reales. La lógica indicaba que era imposible, sólo un milagro. Las ganas decían todo es posible (también existen los milagros).

Llegó el día del encuentro, lunes lluvioso... �por qué no glorioso? Y allí estaban ellos: hombre y perro. Juan reconocía a Tom (legítimo nombre) y Tom reconoció a Juan (legítimo dueño). Lo que no podía ser, fue tristezas, pero también lo otro: Lourdes sonríe, Tom regresó a casa.

Viviana Perasso - %s. DNI. 13.925.966