Crónica política
Identidad partidaria y cultura política

Juan Manuel Casella, que sigue siendo uno de los grandes referentes morales y políticos del radicalismo, me decía hace un tiempo que ha desaparecido la UCR pero los que gozan de buena salud son los radicales. A través de la paradoja, lo que Casella expresaba era un concepto más o menos parecido al que me manifestó Rodolfo Terragno -otra de las grandes reservas éticas e intelectuales del radicalismo, opacada por la maquinaria conservadora del partido- en una reciente entrevista: hay radicales, pero no hay radicalismo, es decir, no hay un partido con capacidad de tomar decisiones y que esas decisiones sean acatadas por los afiliados.

En el peronismo pasa algo parecido, con la diferencia de que en esta fuerza política el partido nunca fue algo importante. Como se recordará, durante el primer peronismo, el partido fue una burocracia política dependiente de la voluntad del líder, y a partir de 1955, una herramienta para jugar dentro del denominado peyorativamente "dispositivo liberal burgués".

En todos los casos, lo más importante del peronismo nunca estuvo en el partido, sino en el movimiento, motivo por el cual la actual crisis de identidad que afecta a los partidos políticos, al peronismo apenas lo conmueve. Es que su relación con la política siempre estuvo comprometida con el poder y el Estado y para ello, el partido nunca fue más que una sigla, un instrumento a reflotar en tiempos electorales.

No hay UCR pero hay radicales, no hay PJ pero hay peronistas, sería la consigna adecuada para reflexionar sobre esta aparente antinomia. Sintetizaría mi hipótesis en estos términos: las estructuras políticas partidarias están en crisis pero sobreviven las culturas políticas. Dos grandes tradiciones, con décadas de existencia, tienen fuertes identidades culturales. Dicho en términos callejeros: existe una manera de ser radical o peronista más allá de la pertenencia orgánica a un partido.

En algún momento, tuve la oportunidad y la satisfacción de entrevistar a Frondizi y a Alende. Hacía años que ambos políticos habían roto con la estructura radical, pero en sus modos de expresarse, en sus maneras apasionadas o flemáticas de vivir la política, en su estilo para descalificar a los adversarios, en sus mecanismos internos de razonamiento, seguían siendo radicales.

Lo mismo podría decirse de dirigentes del peronismo que pueden estar con Lavagna, con Menem, con Rodríguez Saá y hasta con el ARI, pero adonde vayan, trasladan el estilo de hacer política y de vivir la propia de los peronistas. "Yo soy peronista, pero nunca me metí en política ", dice el personaje de la novela de Osvaldo Soriano, manifestando de manera nítida esa distinción entre cultura y política partidaria.

Una anécdota personal tal vez exprese con más precisión mi pensamiento: el año pasado un colega me informó que había dejado de ser peronista, que no quería saber nada más con el peronismo y que ahora se definía como un ciudadano independiente. Le contesté que no le creía, que más allá de la sinceridad de sus deseos, él nunca dejaría de ser peronista porque, como se decía en otros tiempos, ciertas cosas que se viven en la sangre no se abandonan ni se olvidan a través de una decisión racional.

Esa noche lo escuché hablar por la radio presentando un festival de folclore. Habló de las esencias nacionales, de la defensa de lo nuestro, del rechazo a las culturas importadas... y todo ello con la retórica del peronismo ortodoxo del 45. Por supuesto, cuando lo vi al otro día le recordé sus intervenciones y compartió conmigo que, con independencia de sus deseos, él era inevitable y fatalmente peronista. O como dijera el amigo de mi abuelo: hay tres cosas en la vida que son incurables: el sida, la sífilis y el peronismo.

Humor negro al margen, podría postularse como primera aproximación a esta hipótesis, que las identidades culturales son más resistentes, mucho más resistentes que las adscripciones políticas orgánicas. Dicho de otra manera: los partidos pasan, las identidades políticas quedan. Un radical o un peronista pueden alejarse de su partido, pero nunca se podrán alejar de su propia identidad, de una particular y original manera de ver la realidad y de actuar sobre ella.

Enrique Olivera es radical y Conte Grand es peronista. Ambos militan en el ARI, pero basta oírlos hablar y maniobrar para advertir que desde el punto de vista de la identidad, el ARI es una estación de paso, porque en lo fundamental siguen siendo radicales y peronistas. Elisa Carrió no reniega de su identidad radical, al punto que bien podría decirse que la Coalición Cívica que acaba de crear es la que mejor representa ese veinte o veinticinco por ciento que durante años expresó la UCR cuando Balbín era el presidente del partido, su base social eran las clases medias y su rival era el peronismo.

Que hoy diga que ella ama a Evita es apenas un detalle de ocasión, una especie de concesión a la historia. En lo fundamental, Carrió manifiesta en sus virtudes y en sus límites la crítica que el radicalismo, liderado por Lebenshon, Larralde y Frondizi, le hacía al peronismo de entonces y que podría resumirse en cuatro puntos: el peronismo es fascista, el peronismo dice defender a los trabajadores y en realidad los manipula, el peronismo es intrínsecamente corrupto y el peronismo es vulgar y guarango.

Se dirá que desde entonces han pasado muchos años como para que nada haya cambiado. Es verdad. Pero a quienes así piensan les recuerdo que la historia estudia lo que cambia y lo que permanece. Y si esto es así, admitamos que las identidades culturales son las que más demoran en desaparecer. Si aceptamos entonces que estas identidades sobreviven a las pertenencias partidarias o vuelan por encima de ellas, correspondería preguntarse qué se puede hacer a continuación.

Está claro que el ideal político funciona cuando identidades culturales y partidarias coinciden. Por lo tanto, de lo que se trata es de trabajar políticamente para que se produzca ese reencuentro. Se sabe que lo ideal es que los partidos reconstituyan su identidad, convoquen al reencuentro de las diásporas. Para que ello sea posible deben darse algunas condiciones básicas: un liderazgo fuerte, un programa de realizaciones hacia el futuro, condiciones históricas propicias y una dosis de buena suerte que los cientistas sociales suelen no tener en cuenta, pese a que la realidad demuestra que la casualidad y la causalidad suelen ir de la mano.

La recomposición partidaria puede resolverse de muchas maneras, incluyendo la desaparición de los partidos viejos; pero aun si ello ocurriera, las nuevas formaciones políticas no serían ajenas a esa herencia cultural. Lo seguro es que la recomposición de una fuerza política no se logra retornando a un pasado imposible. El anacronismo nunca ha sido un buen consejero político. Cuando Yrigoyen o Perón fundaron estas dos grandes fuerzas políticas, lo hicieron pensando en el futuro, con los pies bien plantados en el presente, pero en lo fundamental, pensando en el futuro. Hoy, como me decía Terragno, lo que divide a los radicales -y a los peronistas- no es el pasado sino el futuro. Por lo tanto, el dirigente que sea capaz de proponer un horizonte es el que será bendecido por la Diosa Fortuna que, como dijera Maquiavelo, es mujer y como mujer ama a los atrevidos y a los audaces.

Rogelio Alaniz