Al margen de la crónica
El desconcierto de Sherlock Holmes

Dueño de una inteligencia práctica inaudita, de una capacidad deductiva inigualable y de vastísimos conocimientos científicos aplicados a la resolución del crimen, Sherlock Holmes es probablemente el detective más famoso de todos los tiempos, incluso un auténtico pionero en esa profesión cultivada más adelante por varios personajes literarios.

Nacido de la imaginativa pluma de sir Arthur Conan Doyle hacia fines del siglo XIX, se movía por el Londres de la época victoriana, solucionando encrucijadas, desenmascarando delincuentes y combatiendo a su archienemigo, el profesor Moriarty.

Una de las características centrales que poseían sus aventuras, meticulosamente documentadas por el doctor Watson, compañero y narrador incondicional, es que todos y cada uno de los ilícitos investigados contenían una lógica, una motivación que el detective se encargaba de dilucidar con su expeditiva y fría mente.

La otra particularidad, es que -a pesar de su disimulada condescendencia- Holmes siempre dejaba la resolución última de los casos en manos de las instituciones, sin plantearse jamás hacer justicia por mano propia.

Hoy, a más de un siglo de las andanzas del mítico detective inglés, cuando los hechos delictivos cada vez ocupan el mayor espacio en los medios de comunicación, y donde el crimen se convirtió en algo cotidiano, en un acto prácticamente instintivo, y donde las armas son el argumento para zanjar cualquier altercado, cabe la pregunta: �Qué sería de un personaje como Holmes? Posiblemente, sería un desconcertado amante del ajedrez, nostálgico de tiempos en que una mente adiestrada podía más que un arrebato de locura. Sin duda, se vería fuera de lugar, en una época donde los personajes que se encontrarían más a gusto, serían más cercanos a Harry el sucio.