Otra vez los accidentes de tránsito en nuestra ciudad ocupan los titulares de la prensa. De la información, surgen datos escalofriantes si se los analiza desde el punto de vista de las víctimas, las fatales y las que llevarán secuelas del mal trance durante toda su vida.
La pregunta surge de inmediato: ¿por qué Santa Fe y su zona tienen el tristísimo privilegio de ocupar un lugar preponderante en las estadísticas nacionales de accidentes de tránsito?
Las respuestas podrían ser dadas por cualquiera que tenga un poco de calle. Motos y bicicletas circulan por la ciudad a la buena de Dios, ignorando reglas y normas, siendo que -está probado- son siempre sus tripulantes los que llevan la peor parte en el momento de producirse el accidente. En esta situación en particular, es clara la responsabilidad del Estado, que hasta aquí no encontró, o ni siquiera buscó, la manera efectiva de controlar a los infractores y sancionarlos debidamente.
También surge de las estadísticas que estos trágicos episodios se multiplican los fines de semana y que sus protagonistas son, en la mayoría de los casos, jóvenes que habían bebido en exceso. ¿A quién atribuirle culpas en estos casos? ¿al Estado que no hace cumplir leyes vigentes? ¿a los chicos y no tan chicos que ya deberían saber que el alcohol al volante mata? En todo caso, las culpas son compartidas.
La magnitud de este alarmante fenómeno está muy bien representada por la situación que se vive con trágica frecuencia en la guardia del hospital José María Cullen. Los médicos no dan abasto para atender a las víctimas. Entre las 6 del último sábado y las 8 de ayer ingresaron 30 personas heridas en accidentes. El fin de semana anterior, habían sido casi 70.
Datos tan elocuentes hacen vanas las excusas. Es un deber de todos, gobiernos y ciudadanía, hacer cumplir y cumplir, respectivamente, las normas que regulan la circulación vehicular y sancionar ejemplarmente a los infractores, a todos. La demora en hacerlo se paga en vidas.