El sueño volado
"Máscara de seducción" (1997), instalación de Javier Pérez.. 

En "Galaxia Borges" Eduardo Berti y Edgardo Cozarinsky compilan textos de dieciséis escritores nacionales que de algún modo están vinculados con la vida u obra de Borges, componiendo una "suerte de telaraña que une a diferentes escritores que supieron cumplir roles variados: maestros o discípulos, rivales o cómplices, interlocutores varios, colaboradores cercanos, coautores ocasionales, etc.". Integran el volumen cuentos de Lugones, Güiraldes, Macedonio Fernández, Peyrou, Santiago Dabove, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Mosquera, Alfredo Pippig, Bianco, Murena, Edelberg, Wilcock, Bonomini y Alcorta, aparte del de Levinson que transcribimos aquí, cada autor presentado en un eficaz y contundente retrato.

Por Luisa Mercedes Levinson

Hay que apresurarse con esta historia porque depende exclusivamente del tiempo que lleva el contarla. Y de usted.

Elsa Grau tuvo necesidad de ver, por segunda vez,El Muelle de las Brumas. Lo pasaban en un cine de barrio. Llegó a las tres y media de la tarde. Un sol pálido y mojado daba ganas de desperezarse. El río merodeaba por allí.

Elsa entró en la oscuridad. Dos películas previas llenaron su espera y su capacidad de asombro. En la segunda, las tomas se detenían con insidia en un catre, usado, en continuidad, por un estibador, durante la noche, y por una mujer, en el día. Cuando la mujer partía para su trabajo, al oscurecer, llegaba el hombre del suyo, y a la madrugada llegaba ella y partía él. Y siempre la misma rabia y la lucha y el apremio por tenderse en ese catre. En apariencia, el descanso de ambos era una tregua entre dos desencontradas borracheras, pero Elsa pensó que la cámara, a pesar de su pertinacia en los enfoques, no podía captar lo esencial; el sueño que debía continuar sin pausa, que no podía interrumpirse nunca, el sueño infinito. Y ese hombre y esa mujer que al nacer y al morir del día (o al nacer y al morir de la noche) se vituperaban y se golpeaban por la posesión de un catre no eran sino los medios de que se valía ese sueño que a toda costa debía proseguir. Antes de llegar el turno a El Muelle de las Brumas Elsa se sintió demasiado cansada para poder fijar la atención. Le pareció que su ser vivo había sido tragado por la oscuridad por la ficción y el resto, tal vez lo esencial, flotaba en el aire polvoriento y corría el peligro de ser devorado por los espectadores. Los vendedores de chocolatines la miraban demasiado fijamente: Elsa salió corriendo.

Ya era de noche. Por sus mejillas resbalaron unas gotas de lluvia. Le resultó extraño tener sensaciones como sentir la vida estando muerta.

Las cosas de siempre le parecieron nuevas y alucinantes: el río, el puerto y una luz. En ese momento era natural bajar la escalerita hacia un barco, dejarse estar en cubierta, mirar y aproximarse despacio y mirar otra vez, un poco más de cerca, a ese hombre dormido. Mientras tanto las gotas de lluvias seguían chorreando desde el pelo: Elsa sintió la delicia de los hilitos fríos bajando por el cuello.

Elsa dio un paso y se detuvo: después otro más: vio lo que siempre había deseado y soñado: vio el sueño de un hombre, un sueño vivo, de verdad, con figuras que se movían, actuaban, obedecían a una ley. Elsa quería saber, saber. �A qué destino, a qué patrón obedecían las figuras del sueño? De pronto se inmovilizaron: esas miradas sabían algo de ella, demasiado. Después, una figura agitó un brazo; era una señal. Y las otras la imitaron. La llamaban; �por qué? Elsa reconoció a ese ensangrentado que se agitaba entre ellas. Ese ensangrentado era suyo, le pertenecía, había sido arrancado de sus propios sueños.

Ese grupo gesticulante no era serio, ya llegaba a lo ridículo, parecía que actuaba especialmente para ella. Elsa dejó de estar en guardia. Dio un paso más. Fue el definitivo: había penetrado el círculo de un sueño.

Las figuras ya no se ocuparon de ella. El ensangrentado se transformó en lobo. Elsa quedó allí, sin saber qué hacer. Había perdido su antiguo destino y aún no sabía obedecer al otro.

De pronto, se fue delineando un contorno vacío que iba dibujando una forma familiar, ella, la forma de Elsa Grau, su dimensión precisa, y el contorno la rodeó, la atrapó, la apresó. Y se fue llenando con su asombro y con su miedo.

Elsa quiso gritar, pero no tuvo voz. El contorno ahogaba, o su estupor crecía... Elsa Grau supo que ya no podía salir del círculo del sueño.

�Y si ese hombre dormido despertara? Tal vez las otras figuras de sueño podrían seguir su destino sin hacer preguntas, acaso evaporarse. Pero Elsa, Elsa Grau...

Está ahí en ese círculo de sueño que ha violado; está ahí, como en una trampa, adentro del contorno de una figura de sueño, apretada, sin saber qué puede pasar, después.

El hombre dormido ya se mueve, está por despertar. Hace falta alguien que lo releve, alguien que se eche a dormir, pronto, pronto y prosiga ese sueño.

Elsa tiene miedo. Una interrupción, �hacia dónde podría llevarla? Continúe usted el sueño, por favor. Piense que esto de violar un sueño es algo que podría pasarle a cualquiera, hasta a usted.