Vincent Van Gogh agoniza. Se había disparado un tiro apenas después de almorzar, alejándose hasta una granja cercana, el mediodía del 27 de julio de 1890. Logra regresar caminando a su inmensa cama, enciende su pipa y deja que su vida se prolongue hasta la 1.30 de la madrugada del martes 29. Un desconocido entró en su habitación y lo acompañó sin pausa en esas horas postreras (o inaugurales). Lo que hablaron está en este libro.
El desconocido aún no ha nacido. Se llama Rodolfo Brac... y nacerá en Luján de Cuyo, muy al sur del sur, en 1940. Este interlocutor que llega del futuro resulta por momentos tan inquisitorial y cruel en su desmedido afán por conocer qué vislumbra el genio desesperado en su último umbral que el agonizante comienza a llamarlo "el violador".
Comienza así esta nueva "resurrección" provocada por Rodolfo Braceli, después de las operadas sobre Violeta Parra, García Lorca, y en las que bajo otros formatos -el reportaje imaginario y aledaños- había sometido a Borges o a San Martín. Si el juego anacrónico que tan a menudo ha terminado por pergeñar en nuestro tiempo diálogos intolerables con próceres y sabios de la antigüedad, resulta aquí exitoso es porque la materia puesta en juego no es de pedestre interés ideológico, cuando no panfletario, sino de carácter poético, onírico, existencial.
El diálogo está pautado por el paso de los minutos de esa larga agonía y por la cama que en cada una de las cuatro partes que conforman al texto va empequeñeciéndose debajo del agonizante, hasta ser cuna, nido o ataúd. Todos andan diciendo que Van Gogh se cortó una oreja. Y él confiesa: "íQué error!:/ Yo a mi cuerpo no le corté una oreja;/ yo a mi oreja le corté mi cuerpo./ Mi oreja cortada vive, escucha secretos inconfesables, anda por ahí./ El cuerpo de aquella oreja, aquí respira desplomado, ya no anda por ahí. Ya no".
El "violador" inquiere, se conduele, acota. Hablan de los colores; del vino; del verdadero artista, que es siempre un candoroso naif (Shakespeare lo fue, y Miguel Ángel, y Cristojesús); del hermano Theo; del homónimo hermanito muerto; de otro futuro poeta argentino llamado Víctor Hugo Cúneo; de los versos de Rimbaud; de Franz Kafka; del sol que rueda y del girasol. Y de mujeres. Hasta que aparece ella, ya no vampirizada por las luces y reproducida en fotos y fotogramas: "Marilyn también necesita resucitar... Entre todos los hombres del mundo eligió uno... Vincent, ella lo está mirando. íDéjese!".
Allí están los dos artistas que no dejaron nunca de agonizar y que ahora "no tienen vergüenza de ser reiterativos:/ la vida, una fascinación que no cesa./ La vida, así nos coma por las patas, nos haga lo que nos haga, no está para perdérsela". Juntos, los suicidas que en vez de ser infelices "venimos tratando de merecer la felicidad, sin aflojarle".