Toco y me voy
La comida de tu pibe
No sé si habrán advertido que en cada mesa que un padre y un hijo comparten en público, se celebra una especie de lucha por la sobrevivencia del más apto. Suele ganar el padre, lo cual no garantiza mejoría alguna de la especie. íSos un papafrita!

Y no se trata sólo del consabido racionamiento de la gaseosa (hay gente que le da al hijo dosis homeopáticas del producto y niños que esperan la señal aprobatoria para mandarse un trago, con la misma unción que quien espera el espíritu santo), una especie de celador de la compuerta de una represa, sino de la batalla por consumir lo que cae en la mesa, desde los palitos hasta la mayonesa.

Hay padres que van más lejos. Por ejemplo, si piden coca, le afanan la mitad al pibe y ya se piden una medida de fernet, total el hijo desperdicia o notoma todo y no es cuestión de andar pagando dos gaseosas porque sí. Y de paso, se le da al vástago una lección de aprovechamiento integral de los recursos, proque tiene que ir aprendiendo que en la vida las cosas no están de regalo y no caen desde el cielo porque sí. Y que cada vez que viene el mozo, el padre ve cómo se infla la cuenta final.

Y con la comida, lo mismo. Hay primero una transa cruel, explícita si el pibe puede manifestar a viva voz sus deseos más profundos o más superficiales, sorda si el padre no delega la batuta en la interpretación de lo que su hijo quiere o necesita. "Y para él, traéle..."

En primera instancia, y como dos ejércitos enconados que protagonizan una escaramuza con su tropa de vanguardia (una especie de anticipo de la gran batalla que librarán luego), las manos de padre e hijo van hacia los pobres dos platitos de ingredientes donde mal sobreviven tres maníes y dos palitos. El nene tiene movimientos plásticos y rápidos pero su boca es más pequeña; el padre en cambio parece tener una pala mecánica: busca y acarrea grandes cantidades de un solo saque y se las enguye impiadosamente como un sapo a un mísero insecto. En dos segundos no queda nada y si se cae en la disputa un maní que rueda indefenso sobre la mesa, pues igualmente hasta allí llegará la mano jusitciera de uno u otro para terminar la fuga.

Con la llegada de la hamburguesa, lo mismo. El pibe, que ya manifiesta sus preferencias (admitiendo incluso que sobre algunas, como en el caso de sus padres, no puede elección posible), querrá agregar salsa golf o mayonesa y deberá escuchar argumentaciones increíbles de sus padres sobre los efectos devastadores de la hamburguesa y de los condimentos. Todo no es más que una simple cortina de humo para tapar las ganas, luego expresadas en plenitud, de clavarse media hamburguesa.

Poruqe el seño, que pidió una picada o una milanesa o algo, en realidad tiene un ojo maligno fijo en la media hamburguesa que quedó en el plato, y se transforma en una epsecie de matemático para calcular exactamente cuántos bocados más saciarán a su pibe y cuánto quedará en el plato.

El señor además deberá cuidarse con las comidas por algún supuesto régimen, pero igualmente no tiene problemas en cortar esos cuidados o recomenzarlos mañana, porque ahora salió a comer con la familia y no se trata de andar mezquinando.

Así que hay una puja cruel que el pibe debe zanjar. Por un lado, debe comer porque si no, no va a crecer; por otro, no puede ser un desaforado, debe comportarse, no hablar con la boca llena, no escupir, no pegarle al hermanito... Pero por otro, debe manejar el ritmo de masticación proque las ganas del padre ya están manifiestas y sabe que la mano peluda irá hacia su plato par allevarse lo que pueda. Está la técnica compinche del "dejáme probar un bocadito" que al final es un cuarto de hamburguesa; o directamente.