Las elecciones presidenciales del pasado 28 de octubre exhibieron un abanico de candidaturas y propuestas que, en su conjunto, configuraron un muestrario de la crisis que atraviesan los partidos políticos y, en el mejor de los casos, un muy imperfecto intento de reconfigurar la oferta para la ciudadanía.
Como ya se dijo oportunamente, ninguna de las fuerzas tradicionales participó de los comicios con sus siglas identificatorias, ni tampoco con postulantes para los cargos claramente identificados con ellas.
Por caso, el justicialismo gobernante volvió a distribuir sus referentes en distintas fórmulas presentadas bajo nombres de fantasía, y el propio oficialismo, ya de por sí identificado con una denominación frentista, ahora incluyó a un radical en el binomio principal y pasó a definirse como "concertación".
Como contrapartida, el radicalismo llevó a las urnas la boleta de un dirigente de filiación justicialista, el espacio de centroizquierda que en su momento erigió con fuerza Elisa Carrió amplió su espectro más allá de lo esperable en otra coalición y la centroderecha repartió sus preferencias entre propuestas del más dispar calibre, relegando a la intrascendencia a expresiones más claramente asociadas a sus premisas clásicas.
Éstas, no del todo definidas amalgamas electorales, desembocan ahora en el Congreso, colocando en las bancas respectivas a legisladores de perfil diverso.
Las primeras repercusiones se desataron bastante antes de que se produzca la renovación de las Cámaras. La pretendida alianza encabezada por Roberto Lavagna ya prácticamente no existe, entre la vocación de los radicales de recuperar su identidad y la inviable convivencia con referentes justicialistas. A la vez, intenta sumar escaños de una y otra fuente, para invocar una primera minoría que le permita reclamar cargos parlamentarios, en desmedro de la Coalición Cívica.
Mientras, el sector de la UCR, asociado al gobierno nacional intenta hacer valer los declamados términos de ese contrato, atraviesa una lucha sostenida por la legitimidad dentro de las filas de su fuerza de origen. Y el propio espacio liderado por Carrió sufre desgajamientos, sepultando la estrategia de crecer ampliando el registro ideológico.
De qué manera jugarán todos estos factores en la dinámica del Congreso, donde la hegemonía oficialista avanzará sin más cortapisa que una oposición disgregada y confusa, y en un marco donde la defensa de los intereses regionales tiende a ceder frente al mandato del poder central, es algo que -a la luz de lo ocurrido en las vísperas- indudablemente se verá a poco de comenzar la andadura de los nuevos cuerpos parlamentarios. Pero que, por lo que se ha visto hasta ahora y lo que es dable inferir de los discursos y actitudes de los directamente involucrados, difícilmente se ajustará por el momento a las expectativas de quienes busquen una genuina y clara representación, en un proceso de avance hacia la calidad institucional y republicana.