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"El hombre de la pampa"

El poderoso estanciero Juan Fernández y Guanamiru, padre de treinta bastardos, viaja primero en tren hacia sus posesiones, y "a veces, durante la marcha del tren, un mugido penetraba en el vagón: así se expresaba la pampa en su rudimentaria lengua". O: "Los pájaros cargan con el peso y la responsabilidad de las cuatro estaciones, de ofrecer el misterio y la lejanía de los bosques ausentes. Y en primavera, íqué trabajo! ¿Cómo, con sólo dos alas, sugerir los cuadrados de labranza, la exaltación de las ramas, los millares de botones de una rosaleda y todas las preguntas del aire y sus exclamaciones?". El campo entra por la ventanilla, o corre con el galope del caballo, y es descripto en relámpagos vivaces, sólo comparables a los que ese gran imaginero de nuestra literatura, Oliverio Girondo, relumbró en su extenso poema "Campo nuestro".

Ese viaje de Guanamiru se completará con otro a Europa, y aquí la fantasía se tornará delirio, a través de un volcán llamado Futuro que el personaje busca construir y transportar. Tal el periplo de "El hombre de la pampa", una reveladora novela de Jules Supervielle, que ha felizmente reeditado Interzona.

Nacido en Uruguay, del que partió a los diez años, Supervielle construyó en Francia una obra al margen de las confabulaciones grupales a las que suelen ser aficionados los literatos franceses, superando sin embargo (como lo demuestra este libro de una fresca vitalidad) a tantos vanguardistas. Supervielle, además, anticipa con "El hombre de la pampa" el -digamos- aura de libros insoslayables de nuestra biblioteca nacional, como "Don Segundo Sombra" o "Radiografía de la pampa". Hay que recordar también su participación en la fundación y afianzamiento de la revista de Victoria Ocampo.

En un acápite a esta novela, Supervielle anota la inspiración de su infancia, es decir, de su pasado sudamericano: "Sueños y realidad, farsa angustia, escribí esta novelita para el niño que fui y que me pide historias...".