Para algunos, se trató de un error de cálculos. Para otros, en cambio, era ésta la única alternativa posible para continuar en el poder. Hugo Chávez convocó a la décima elección en diez años y, por primera vez, perdió.
La mitad de los venezolanos le dijo NO a la posibilidad de reelección indefinida en un país absolutamente fracturado en dos. La otra mitad, en general pobre y olvidada durante años, votó por el SÍ.
Fueron apenas unas centésimas de votos las que representaron el límite para Chávez quien, a pesar de haber aceptado el resultado, adelantó que insistirá con sus reformas y que no retirará "ni una coma" de su propuesta constitucional.
La marcada división entre los venezolanos es el resultado de la política y el discurso chavista, donde existen términos medios: sólo hay amigos o enemigos; buenos o malos; aliados o conspiradores. El riesgo, siempre latente, que es estas divisiones provoquen graves heridas al tejido social y desemboquen en hechos de violencia.
En otras épocas, seguramente un caudillo populista como Chávez se hubiera tentado por imponerse a través de la fuerza. Sin embargo, el contexto internacional no permite hoy siquiera soñar con esa posibilidad, sin correr el riesgo de quedar absolutamente aislado del resto de las naciones.
La derrota chavista no sólo tiene fuertes implicancias internas, sino que también repercute en toda Latinoamérica. De hecho, mientras la vida de Fidel Castro se apaga, Chávez pasó a ocupar el rol del presidente contestatario a los grandes poderes dominantes. Es éste un rol saludable en materia internacional, pues contribuye a frenar el desequilibrio más absoluto entre ricos y pobres, poderosos y débiles.
Morales, Ortega o Correa no están a la altura del líder venezolano, no sólo porque no cuentan con su carisma sino, sobre todo, porque presiden países demasiado pobres y no tienen detrás de sí los miles de millones de dólares que representa la quinta reserva mundial de petróleo.