Por Raúl Fedele
"Las tierras naturales", de Leonardo Martínez. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2007.
"Vamos y venimos/ sin orillas/ sólo música". En estos versos se cifra el recorrido de "Las tierras naturales", el nuevo libro del impar poeta Leonardo Martínez (Catamarca, 1937).
Tierras desconocidas, sin abajo ni arriba ni costado, en las que sólo la música da dimensión y sostén: "Canta el ave en su crepúsculo/ Se acerca el rumor insepulto de mis muertos/ y resucito en ellos/ al cobijo de este cielo que los guarda".
Tierras naturales -copioso abismo que surca la barca oscura- en las que se oye el trajín de los muertos, en las que una cuerda en el arco iris zumba, en las que una orquesta selvática y el arrullo más triste es capaz de cauterizar heridas.
Los poetas, aquéllos que lograban alzar vuelo y ser ángeles en el mundo moderno -"todo ángel es terrible"- eran rilkeanos, pero los poetas rilkeanos han muerto. Los ha matado este tiempo que Henry Miller, hablando de Rimbaud, definió "el tiempo de los asesinos". La alta, apacible y luminosa lírica, aquélla que era un rezo y encantaba, nos está vedada. Pero aún así la música sigue dando dimensión y sostén, aunque sea una sola voz en la sombra.
Una sola voz en la sombra, ésa es la impresión que nos conmueve en estos poemas de Leonardo Martínez. Una voz, sin embargo, clara y capaz de iluminar paisajes, situaciones, abstracciones. Nos habla, por ejemplo, de una liebre, escondida, dispuesta a huir, trotando, arrastrándose en zanjas, y gradualmente entendemos que esa criatura indefensa -e inaferrable-, "sola en su sangrar/ ahogada en las entretelas de mi corazón" es un recuerdo, el recuerdo.
En los poemas más extensos del volumen, que nos prueban la existencia del amor y de las tierras naturales, una caravana de imágenes caleidoscópicas fluctúan de la vida primigenia en charcos y mares a una procesión casi medieval de penitentes y Santos Tribunales, a una enumeración de nombres como cantilena bíblica de pueblecito perdido: "La Eteljiva la Gorgonia la Indalecia/ la Rosenda la niña Baldomera/ doña Virginia la señora Zósima/ la niña Pastora la niña Limbania/ doña Goyita doña Bersabé la Micolcita/ la niña Encarnación la niña Carlina/ la señora Petrona la señora Ana Carlota/ doña Segunda la Tertuliana la Hormesinda...".
El conjunto podría asociarse a las composiciones panorámicas de los grandes flamencos de los siglos XV y XVI, Bosch, De Leyden, Brueghel. Realista y fantástico; alegórico y literal; copista e introspectivo: es decir, lo contrapuesto, el oxímorom, lo imposible. Lo que sólo el verdadero arte puede conseguir.