Sus nacimientos fueron casi simultáneos, con pocos años de diferencia, a fines del siglo XIX. Con el correr de las décadas, las historias de uno y otro quedaron tan ligadas, que en la actualidad es imposible pensar en uno sin evocar inmediatamente al otro. Es que la huella que Charles Chaplin le imprimió al cine, es probablemente la más fuerte, al punto de que el séptimo arte no podría ser considerado como tal de no ser por lo que este creador le brindó.
Hoy a casi treinta años de su muerte -falleció el día de Navidad de 1977-, su figura permanece inalterable, tal como él la forjó en una larguísima carrera. Para el recuerdo, quedan las andanzas de su memorable "The tramp" (el vagabundo), conocido también como "Charlot", un personaje entrañable del cine mudo, lleno de bondad y que desde su primera aparición hizo reír y emocionar.
Sin embargo, y tal como le corresponde a un genio, Chaplin fue un hombre comprometido con sus pensamientos, y dueño de una visión esperanzadora del género humano. Así lo demostró en "La quimera del oro", donde retrató la miseria y la avaricia; en su ácida mirada de la sociedad industrial de "Tiempos modernos"; y en su inmortal sátira del nazismo rodada en 1940 bajo el nombre "El gran dictador".
Dejó también para la posteridad la fábula titulada "Luces de la ciudad", donde narra con poética precisión y sutileza, la relación que se va creando entre el vagabundo y una florista ciega. Para muchos, se trata de la más bella y emotiva historia de amor que el cine supo contar.
Si bien pasaron tres décadas desde su muerte, quedan sus películas, el legado indiscutible de un director, actor y guionista que traccionó más que nadie para elevar al cine al grado de arte. Por eso hoy, la revisión de sus películas, se hace más necesaria que nunca.