Hoy, después de poco más de 24 años, el justicialismo deja el gobierno de la provincia en manos de una alianza cuya constitución no lo contiene, construida en torno a un partido que hasta aquí sólo puede exhibir experiencia administrativa a nivel municipal y comunal: el Socialista.
No debe haber antecedentes en la historia política moderna del país de tan extensa hegemonía en el ejercicio del poder. José María Vernet, Víctor Félix Reviglio, Carlos Reutemann y Jorge Obeid, los dos últimos por duplicado, ocuparon sucesivamente y con mayor o menor suerte el sillón de López. La historia se ocupará de juzgarlos.
Para encontrar un antecedente similar en Santa Fe es preciso remontarse a 1912, cuando, apenas sancionada la ley Sáenz Peña, que imponía el voto masculino secreto y obligatorio, llega al gobierno, después de una larguísima abstención, la Unión Cívica Radical, para quedarse por 16 años. A Manuel Menchaca, el primero, lo sucedieron gobernadores de ese signo hasta que el golpe de Estado del 30 expulsa del gobierno a Hipólito Yrigoyen en la Nación y a Pedro Gómez Cello en Santa Fe. Habían pasado 18 años.
Sólo los autonomistas nacionales, en las últimas décadas del siglo XIX, lograron mantenerse en la cumbre por casi treinta años, claro que con prácticas electorales que dejaban bastante que desear. Inaugura la serie de gobernadores Simón de Iriondo -nuestro "lord Byron", según la expresión de Juan Bautista Alberdi-, en 1871, a quien sucedió Servando Bayo. Repitió Iriondo y lo siguieron Zavalla, Gálvez, Cafferata y Leiva. La supremacía terminó en 1898, cuando es electo Juan Bernardo Iturraspe, candidato de otro autonomismo, el provincial.
En todos los casos -autonomistas, radicales y peronistas- fueron las disidencias internas las que socavaron la estructura que los había llevado a la cima.
Moraleja: cuando el enemigo está adentro, es el principio del fin.