-He visto las banderas rojas del socialismo ondear por General López y calle San Martín -dice Marcial con tono solemne.
-¿Y ésa es una buena o una mala noticia? -pregunto como para complicarle la vida.
Marcial intenta contestarme, pero el que toma la palabra es José: -Yo creo que como noticia es irrelevante; hoy ningún burgués se asusta porque haya banderas rojas en las calles.
-El único burgués que estaba asustado con las banderas rojas en las calles fue Perón en 1944, según sus propias palabras en la Bolsa de Comercio -dice Abel.
-Perón no estaba asustado, lo que pretendía era asustar a los empresarios con el cuento de las banderas rojas que él venía a arriar; pero tampoco lo logró porque los burgueses serán burgueses pero no estúpidos -digo.
-Lo que más me gustó -retoma Abel- es que el gobernador y la vice no juraron ni por Dios ni por los Santos Evangelios, juraron por la patria y el honor y eso que al frente de ellos estaban los obispos.
-Lo que te prueba que hoy tampoco nadie se asusta por esa supuesta irreverencia -contesta José.
-Si seguimos en ese tono -interviene Marcial-, vamos a llegar a la conclusión de que todo da lo mismo, que a nadie le importa nada y no creo que sea tan así.
-Los símbolos son importantes; no son lo más importante de la política, pero sin símbolos no hay política -digo-, por lo tanto las banderas, los juramentos laicos, las rosas rojas importan.
-La gente estaba en la calle contenta, pero era otra clase de gente -dice Abel que no puede con su genio.
-¿A qué te referís -pregunta José amoscado.
-A varias cosas -responde Abel-, en principio se trataba de gente que fue allí por voluntad propia. No vi ni un ómnibus ni un colectivo por las inmediaciones, mucho menos vi que a los asistentes se les repartiera choripanes o cajitas de vino...
-Vos lo que querés decir es que estaba lleno de pequeños burgueses -responde José.
-Serán pequeños burgueses -interviene Marcial-, pero no son lúmpenes o pobres diablos arreados como animales a cambio de un paquete de comida.
-Los gorilas siempre trataron de lúmpenes al pueblo peronista -contesta José. (Como para serenar los ánimos pido otra vuelta de café y trato de cambiar de tema): -El martes a la noche, en el Paraninfo, hubo un espectáculo de tango en el que participaron el cantor de la orquesta de Osvaldo Piro, Gustavo Vissentín, el pianista de Rafaela, Domingo Scalenghe, y el periodista y crítico de tango Américo Tatián.
-Un amigo estuvo y me dijo que se llenó de gente y la pasaron muy bien -señala Marcial.
-Más o menos -dice José-; otro amigo se fue enojado porque Tatián se burló de Juan D'Arienzo y atacó a la música de los cuartetos.
-Lo bien que hace -observa Abel-, la mala música como la mala educación deben ser combatidas.
-D'Arienzo es la música del pueblo; generaciones de parejas se enamoraron al ritmo del rey del compás.
-No hay que confundir los tantos -digo-, una cosa es que una pareja se enamore durante un naufragio, como ocurrió en la Antártida el otro día, y otra cosa es creer que los naufragios por eso son buenos.
-¿D'Arienzo fue popular, pero fue un chanta que hacía negocios con música cursi pudiendo hacer buena música. Es más, mi tío tenía grabaciones de D'Arienzo de fines de los años veinte y entonces era un músico excelente. Después vinieron los negocios acompañados de la consigna: hay que hacer lo que a la gente le gusta.
-¿Y acaso no es ése el objetivo del arte?
-Ese será el objetivo del espectáculo, de la boletería, pero no es el objetivo del arte. La Mona Giménez hace basura y sabe que hacen basura... -Yo no sería tan duro -dice José-, la gente sencilla se divierte con esa música.
-Pero si a la gente sencilla, como vos decís, todos estamos de acuerdo en que hay que asegurarle salud y educación, ¿por qué esa educación no se debe hacer extensiva a la educación musical?
-El cuarteto es música, es buena música popular... -contesta José.
-Que los cuartetos hagan buena música es un cuento que ni los cuarteteros se lo tragan. El otro día, la Mona Giménez declaró que él no cantaba lindo pero que lo hacía con el corazón...
-La Mona tiene el corazón sensible y el bolsillo sensible -añado.
-No lo comparto -concluye José.