Un corto viaje de rosas

El relato épico es adepto a los viajes. Los desea y necesita. Los lingüistas hablan del periplo del héroe, que recorre ricas aventuras de final feliz o no tanto. Pueden ser 80 días o 20.000 leguas submarinas. Conocimiento interior u exilio.

Piénsese en Gulliver y sus extravíos a mundos de hombres gigantes o diminutos, ambos socialmente pequeños, grandes -apenas- en lo individual. O en la tierra de los Houyhnhnm, unas bestias racionales con forma de caballos que han puesto las espuelas a la humanidad.

Recuérdese al film Easy Rider (aquí "Buscando mi destino"): motociclistas que recorren California con espíritu libre y terminan derribados por las balas de un tosco vaquero, al que le desagrada la gente de pelo largo.

El viaje. O mejor el viajar, que no es más que la decisión de cambiar, es parte de la narrativa universal más importante.

Desde los relatos de la tradición oral (trágicas migas de pan de Hansel y Gretel) hasta las mejores novelas, que son muchas veces las menos leídas... Qué otra cosa que un viaje transcurre sobre las delgadas y utopistas ancas de Rocinante. Qué más que una estrategia para hacer más corto el viaje que recorre los cuentos -ciertamente peregrinos y deliciosos- de Canterbury.

No es acaso viajar el ir de Buendía en Buendía, al bajar de los troncos a las ramas del magnífico árbol centenario, colombiano y genealógico del más popular texto del boom latinoamericano.

No pudo siquiera el relato divino privarse de los viajes, con sus caravanas de mares abiertos a fuerza de fe, o sus ascensiones a los cielos. Quienes emprenden un viaje creyéndolo definitivo (más candoroso aún) van de luna de miel, viajan.

Los campeonatos son como viajes, de la primera a la última fecha. Y sólo el campeón puede dar la vuelta olímpica, soñado periplo.

Debe ser por esa matriz cultural tan constitutiva -además del colorido propio que en verdad tuvo- que buena parte de la cobertura periodística del 11 de diciembre se dedicó a unos pocos pasos de Hermes Binner, desde la Legislatura a la Casa Gris. Tan simbólico que aún puede reescribirse, como cualquier otro relato, como peregrinación, paseo, manifestación, movilización, o marcha sembrada de rosas.