Pbro. Hilmar Zanello
En Navidad reflexionamos sobre nuestra fe en Jesús El Salvador.
La Navidad está llena de símbolos: la belleza idílica de los pesebres, la poesía de los villancicos, el arbolito con los regalos y el colorido de las bengalas... Pero la lectura y el lenguaje de estos símbolos no nos pueden ocultar la realidad del misterio que los cristianos celebramos, lo que da origen a una celebración navideña.
Porque ese misterio nos pone en contacto con una presencia de quien se constituyó en el fundamento de la posibilidad de una humanidad nueva: Jesús El Salvador.
Olvidarse de una reflexión interpelante de Jesús en Navidad sería vaciar lastimosamente el significado profundo de esta celebración. Entonces lo ritual y lo simbólico se convertirían en el brazo muerto de la fe cristiana.
Convendrá evocar en nuestro presente lo que significó, para los primeros cristianos de la primitiva Iglesia, la memoria de Jesús El Salvador, de manera que podamos alimentar hoy también el sentido de una Navidad entendida en su raíz profunda y poder celebrarla con una convincente Confesión de Fe.
Nos preguntamos: �quién fue Jesús para los primeros cristianos? Ellos y sólo ellos como elocuentes testigos del "acontecimiento" Jesús, pueden descubrirnos a este personaje de Nazaret, que significó para sus vidas el comienzo de un horizonte nuevo y el toque definitivo de un sentido total de la existencia.
Ciertamente ellos creían en Dios Creador, pero ahora comienzan a creer en Jesús: será lo que los defina como cristianos.
Evidentemente Dios queda como fundamento de lo que el cristiano afirma de Jesús y como explicación de lo que Jesús afirmaba de sí mismo.
Pero los cristianos primitivos asumen aquello del profeta Joel, que definía al fiel judío como "El que invoca el nombre de Yahvé" (JI 1 3, 5) y aplican esas palabras sustituyendo el nombre de Yahvé por el nombre de Jesús.
Los cristianos comenzaron por invocar el nombre del Señor, aludiendo a Jesús como se lee en el libro de los "Hechos 2,21": "Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo".
De allí que San Pablo, cuando escribe a las primeras comunidades cristianas, les hable de "Jesús El Señor". Renunciaban a otros dioses oficiales y por esos eran considerados "ateos".
Fue considerado algo inaudito cuando aquellos primeros seguidores de Jesús El Señor, comenzaron a encolumnarse detrás de aquél que había sido ajusticiado como blasfemo porque quería colocarse en lugar de Dios.
El que tuvo la pretensión de decir que la suerte de los hombres se decidirá por la postura que se tenga ante él: "El que me reconozca delante de los hombres yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo" (Mateo 10,32).
El que tuvo la pretensión de estar por encima de la Ley: "Ustedes han oído lo que se les dijo a los antepasados, pero yo les digo..." (Mt 5,21 ss).
El que tuvo la pretensión de abolir el Templo: "Les oímos decir yo destruiré ese templo hecho por manos de hombres" (Mc 14,58).
El que tuvo la pretensión de perdonar a los hombres: "Jesús dijo al paralítico... hijo tus pecados te son perdonados" (Mc 2,5).
Y lo más intolerable fue aquella pretensión de una particular relación de intimidad con el mismo Dios: "Y decía -Abba- Padre, todo te es posible, aleja de mí este cáliz..." (Mc 14,36).
�De dónde salía aquella convicción profunda de confesar la fe en Jesús, afrontando el riesgo del martirio, siguiendo a un "blasfemo" a quien habían visto morir con un delincuente en la cruz? (Según historiadores fueron cien mil los mártires de las sucesivas persecuciones del imperio).
De lo que ellos predicaron después de su muerte en la Cruz, y de lo que de ningún grande de la tierra se había dicho y proclamado, es que Dios lo resucitó y lo constituyó Señor de todas las fuerzas y de todos los poderes.
Por eso a partir de la resurrección es de donde se ha comenzado a confesar la fe en Jesús El señor.
En Jesús, Dios intervino de tal manera en la historia humana, cambiando las metas de la vida porque desde ahora el hombre descubre en Jesús El Señor una esperanza salvadora para la existencia.
Desde entonces sabemos que ese Dios (como decía Tertuliano: "Los cristianos creen en un Dios que muere") aniquilará a todos los otros dioses, ídolos humanos, porque tendrá la palabra definitiva de la historia en su parusía.
Con razón fueron proféticas aquellas sabias palabras del gran Bossuet, cuando arrodillado ante la cuna de Belén, exclamaba: "Oh Niño de Belén, tan frágil y tan débil, pero tan terrible".
Que el Niño de Belén, quien nos reunirá a creyentes y no creyentes en una Navidad familiar y feliz, pueda encontrar hoy, como en aquellos primeros testigos, los seguidores de sus propuestas muy seguras para una nueva humanidad, único camino para la paz y convivencia fraterna humana.