Crónica política
El sillón de Rivadavia y sus exigencias

Rogelio Alaniz

El sillón de Rivadavia no tiene dos pisos; tampoco hay asiento para el copiloto. Por definición es unipersonal y el único presidente en la historia que quiso compartirlo fue Cámpora y así le fue. Puede que en algún momento Duhalde haya alentado esas fantasías; en menos de un mes Kirchner lo puso en vereda y le demostró quién mandaba no sólo en la Nación sino también en su territorio: la provincia de Buenos Aires.

El poder, sobre todo su máxima expresión política, no se comparte ni se cede. En 1922, Hipólito Yrigoyen le regaló la presidencia de la Nación a Marcelo T. de Alvear. El caudillo radical pensaba que el gobernante real luego sería él, entre otras cosas porque nadie imaginaba entonces que un bon vivant como el niño Marcelo podría tomarse en serio el cargo de presidente. Dos semanas le alcanzaron a Yrigoyen para darse cuenta de que se había equivocado y que el play boy frívolo y tilingo que había llegado a la Casa Rosada, de la noche a la mañana se había transformado en un político de agallas capaz de pararle el carro a su padrino político.

En la mayoría de los países democráticos el ex presidente se retira a sus aposentos privados y mucho más si pertenece al mismo signo político que su sucesor. Las normas políticas son tan estrictas que en los Estados Unidos a un ex presidente le está prohibido vivir en Washington, una formalidad si se quiere, pero también una manera simbólica de expresar que el que abandonó el poder no puede merodear por sus cercanías.

Valgan estas consideraciones históricas para reflexionar sobre la situación de Cristina Fernández, o sobre la situación de Néstor Kirchner para ser más precisos. La presidenta llegó al poder no hace dos semanas y las deudas del pasado no sólo se hicieron presentes para cobrarle la cuenta; además, el que tomó el control del timón fue su marido, es decir, el ex presidente.

Si un viajero llegara a la Argentina después de un año de ausencia y mirara el televisor creería que nada ha cambiado, que Kirchner sigue siendo el presidente y Cristina la senadora que aparece de vez en cuando en los medios. Si esto ocurre a los diez días de asumir el poder no quiero imaginarme lo que será dentro de diez meses.

Algunos especulan que la presidencia puede ser compartida por la pareja. Kirchner dirá que se vio obligado a salir a la palestra porque su mujer fue atacada. Pésimo argumento. La presidenta no necesita -o no debe necesitar- que nadie la defienda. Y mucho menos su marido que es, a su vez, el político que mejor sigue dando en las encuestas y sobre el cual nadie entiende, ni sus asesores más íntimos, por qué no se presentó a la reelección, sobre todo si una vez cedido el lugar a su esposa él se sigue comportando como si fuera el ocupante real del sillón de Rivadavia.

Ninguna experiencia histórica da cuenta de una presidencia bicéfala. La Argentina no tiene por qué ser la excepción y de hecho no lo será porque más temprano que tarde el sillón de Rivadavia será ocupado por ella o por él. Los matrimonios se han peleado por cosas mucho más livianas que una presidencia como para creer que el lazo conyugal los exime de ambiciones. Por otro lado, la fantasía de transformar al sillón en un lecho matrimonial en este caso tampoco tendrá lugar, porque el poder no se maneja con las reglas del amor, tal vez con las del sexo, pero en sus versiones más brutales.

Creo que el gobierno nacional de alguna manera se las arreglará para salir del berenjenal en el que se metió con el caso de las valijas venezolanas. Saldrá a su manera, es decir, sin dar explicaciones convincentes, haciéndose el distraído, buscando algún chivo expiatorio, pero en definitiva saldrá. Sí me parece que el caso Antonini, además de poner en evidencia las relaciones corruptas que en ciertas zonas del poder existen entre el gobierno de Venezuela y el gobierno argentino, puso en tela de juicio la autoridad política de la señora Fernández, con el agravante de que esa autoridad no fue discutida por sus adversarios sino por su marido.

Alguien dirá que nadie lo puede objetar a Kirchner por defender a la presidenta. No comparto. La presidenta no sólo debería saber defenderse. Por si hiciera falta dispone de un ejército de operadores y funcionarios para hacer aquello que el marido no debe hacer. El poder tiene sus reglas y a veces son paradójicas: cualquier ciudadano puede defender con éxito a la presidenta, menos Kirchner por su doble condición de marido y ex presidente.

No entenderlo así es un problema, sobre todo un problema para la señora Fernández. Cuanto más elocuentes y brillantes sean las intervenciones de Kirchner, más debilitada estará la autoridad de su esposa. Sorprende que un hombre avezado en las lides del poder no sepa o no le importe esta verdad elemental.

Si esta conducta se mantiene, se me ocurre que la tarea de Cristina Fernández será la de poner ella misma los límites. La situación, a mi criterio, es tan delicada que en estos momentos el principal rival de la presidenta no se llama Macri o Carrió, se llama Kirchner y si Kirchner tuvo que ponerse duro para no ser un chirolita de Duhalde, la señora tendrá que ponerse dura para no ser una chirolita de su esposo.

Por su parte, la presidenta es prisionera del pasado porque ella es una partícipe de ese pasado. Sólo así se explica que la señora no haya disfrutado de la luna de miel que disponen todos los mandatarios del mundo cuando llegan al poder. Por el contrario, no había terminado de jurar y ya tuvo que hacerse cargo de los desplantes de Moyano y la valija de Antonini Wilson.

Si los fantasmas del pasado la aprisionaron en sus redes, ella, con sus palabras, no hizo más que reforzar con lazos más sólidos esa dependencia. Sin duda que el operativo basura protagonizado por personajes basura existió, pero lo que la presidenta se olvidó de aclarar, u ocultó deliberadamente, es que esos personajes basura y esos operativos basura pertenecen a su propia tropa y a la tropa de su amigo Chávez.

En el mundo, no todos los asesinatos los comete Jack el Destripador, ni todos los bancos son asaltados por el Gordo Valor, ni todas las operaciones corruptas son realizadas por la CIA y el FBI. Pretender hacernos creer semejante embuste es lo que subleva al sentido común y alienta las sospechas más graves.

Si en lugar de emprenderla contra el imperialismo, la presidenta hubiera admitido que algunos de sus funcionarios participaron en un negocio sucio, todo se hubiera aclarado y los costos para el poder habrían sido mínimos. Por el contrario, la negativa a hacerse cargo de lo obvio -que la valija con dinero fue traída en un avión rentado por funcionarios argentinos- es lo que hace pensar que detrás de la valija hay algo muy sucio.

La sesión de la Cámara de Diputados condenando a los Estados Unidos debería figurar en la antología del disparate, también de la obsecuencia y el servilismo, pero esa antología es habitual en el peronismo, por lo cual no hay mucho más que decir. Las palabras de Kirchner exigiéndole al imperio que devuelva al prófugo que él permitió que escapara me hicieron recordar a la fanfarronada del general Menéndez con el principito.

Por el camino de defender lo indefendible, de proteger a coimeros y corruptos, el peronismo se fue deslizando hacia el ridículo y el grotesco. Atacar a Estados Unidos no siempre significa defender una causa justa. En 1979 los oficialistas de entonces hacían lo mismo. Entonces no eran las valijas sino la política de derechos humanos implementada por Carter. "Somos derechos y humanos" era la consigna de los oficialistas de entonces. Algo parecido están haciendo los oficialistas de ahora.