El que termina fue un año con saldo favorable para la economía argentina. Superado el inicio cargado de expectativas, comenzaba a definirse una postura más equilibrada tanto interna como externamente. Los componentes del mercado iban a superar un primer trimestre con fuerte viento a favor y signos evidentes de que iba a sostenerse el crecimiento económico, producto de la dimensión positiva de la labor industrial.
Todas las variables sumaban a favor del contexto positivo que la Argentina comenzaba a evidenciar en un año electoral donde los Kirchner iban a comprometerse con la continuidad del modelo.
Sin embargo, el comienzo del invierno desató la primera gran crisis energética que el país intentará superar en los próximos años. La falta de gas paralizó parte de la actividad industrial, hubo por primera vez en la era kirchnerista suspensiones de personal y debió recurrirse a compromisos internacionales para poder sostener la performance de los sectores más dinámicos.
También, por entonces habían aparecido los primeros datos que hablaban de un contraste entre lo que la gente percibía y lo que el gobierno imponía desde el Indec. Si bien es cierto que existió, según el gobierno, una expectativa desmedida sobre la inflación (se cambió la teoría del círculo virtuoso por la del círculo vicioso), la realidad indica que el argentino no se equivocó tanto. Al final, todos tuvimos la sensación del engaño y aún no sabemos qué se medirá de aquí en adelante.
Pero los números positivos siempre cubren lo que anda mal. Se quebró varios meses el récord de recaudación, también el de reservas internacionales; se mejoró, comparativamente, el superávit comercial, especialmente con el Mercosur, y se fue en igual dirección con el superávit fiscal. La industria automotriz sostuvo los porcentajes de crecimiento y la construcción, que siguió con signos importantes de actividad, colaboró para mejorar progresivamente los índices de empleo, a tal punto de que el desempleo bajó a un dígito.
También se pueden listar cuestiones de fondo. Es que a partir de una sólida política monetaria se pudo respirar con cierta tranquilidad cuando la crisis de las escrituras en EE.UU. amenazaba con alterar los mercados. Ni siquiera hubo sobresaltos cuando renunció la ministra de Economía Felisa Miceli, por el dinero hallado en su baño. El tipo de cambio alto, en un contexto internacional favorable, hizo que sectores como el agropecuario tuvieran un excelente año, aún cuando el gobierno había aumentado las retenciones a las exportaciones. Claro que no hubo el mismo empeño en defender a sectores como el ganadero o el tambero, cuyas consecuencias se podrán evaluar a partir del año próximo.
Lo que viene es parte de un sinceramiento que la economía necesita realizar, con actualizaciones tarifarias que habrá que observar cómo impactan en la inflación. Pero también hubo, principalmente en el primer semestre, una recuperación del poder adquisitivo que podrán sostener las paritarias el año próximo.