Mesa de café
Qué hacemos con la ciudad

-Barletta quiere más zorros grises para ordenar el tránsito de la ciudad, comenta Marcial.

-En Santa Fe se acabó la farra -agrega Abel. Ahora habrá que cumplir con la ley como lo hacen todas las ciudades civilizadas del mundo.

-En Santa Fe habría que terminar con la pobreza, el problema de la ciudad no son los automovilistas que estacionan mal sino los chicos que pasan hambre -dice José.

-Una verdad que ustedes los peronistas parece que no tuvieron muy en cuenta en los últimos veinticuatro años -le contesto.

-Nosotros hicimos lo que pudimos -responde José- pero a nadie se le puede ocurrir que los problemas de la ciudad lo arreglan los zorros grises.

-A Barletta tampoco se le ocurre -dice Abel.

-Lo que yo veo es que el anuncio más importante hasta la fecha son los zorros -retruca José.

-No es así -responde Marcial-, ordenar el tránsito es una medida más, no la única, pero tampoco la menos importante.

José no está de acuerdo pero hace silencio. Mientras tanto Quito sirve otra vuelta de café y antes de retirarse no se priva de hacer su comentario de la mañana: -Ya que quieren arreglar el tránsito, que empiecen con los cirujas. No puede ser que esos vagos anden con los carros tirados por caballos en medio de la ciudad.

-Quito -le digo- �algunos de esos cirujas viven en tu barrio? Vos sabés que muchos de ellos pueden comer gracias a ese rebusque.

Quito no me escucha porque ya se ha retirado, además todos sabemos que ninguna de esas razones lo sensibilizan.

-�Y que van a hacer los zorros de Barletta con los autos viejos que pululan por la ciudad atados con alambre? -pregunta José que ahora parece haberse reanimado.

-La ley pareja para todos -sentencia Abel.

-Pero los dueños de esos autos -agrega Marcial-, van a decir lo mismo que los cirujas: a mí me gustaría andar con un auto último modelo, pero la plata que tengo me alcanza para esto que, además, es mi herramienta de trabajo.

-En Estados Unidos y en Europa la ley se cumple para todos, contesta Abel.

-Se cumple para todos porque también hay salud para todos, educación para todos, trabajo para todos -digo.

-Si empezamos por justificar cada caso en particular no hay manera de ordenar la ciudad -responde Abel.

-El dilema que se nos plantea es el siguiente: ordenamos la ciudad y creamos hábitos civilizados de convivencia como condición para sostener una economía próspera y justa o, a la inversa, garantizamos una economía justa y con vecinos satisfechos, después ordenamos la ciudad -planteo.

-Las dos cosas se deberían hacer simultáneamente -considera Abel.

-Es fácil decirlo, señala Marcial, pero no tan fácil hacerlo.

-Ustedes los liberales -ataca José- siempre creen que todo se arregla con leyes y se olvidan de aquella frase del general: mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar.

-Te recuerdo -dice Abel- que ustedes tuvieron veinticuatro años de tiempo para cumplir con las palabras del general y el resultado está a la vista.

-Que nosotros no hayamos dado en la tecla -contesta José- no los autoriza a ustedes a equivocarse o creer que la ciudad se arregla legislando para los autos que andan en el centro.

-El problema más serio de Santa Fe son los pobres -digo- pero el drama de la pobreza no se arregla con bolsones de comidas o comprando la conciencia de la pobre gente. Se arregla respetándolos en primer lugar, atendiendo sus reclamos universales de salud, educación y trabajo y se arregla poniendo a la ciudad en marcha entre todos, porque sin empresarios, sin científicos, sin comerciantes, sin contribuyentes que estén dispuestos a trabajar por al ciudad, ni Mandrake el Mago nos saca del barro.

-Yo creo -plantea Marcial- que hay que estar en los barrios pero de otro modo. O para decirlo de manera directa: el problema en los barrios no se arregla marchando como misioneros a los barrios sino poniendo en funcionamiento a la ciudad, si para ello hay que ir a los barrios se va, pero no es lo más importante.

-No comparto -concluye José.

Por Erdosain