Gratificaré a quien pueda devolverme una hora que me fue sustraída. Ocurrió el pasado 30. Estaba cenando con un grupo de amigos y de pronto, por decreto, tuve que cambiar la hora de mi reloj. De marcar las 12 pasó a registrar la 1 de la mañana. El brindis programado para despedir el año que se retira, quedó en suspenso. Estábamos tan confundidos que empezamos a preguntarnos si ya habíamos brindado, o debíamos esperar 23 horas más para hacerlo de la manera convencional: a las 24 o a la hora 0. Pero a la 1 es por lo menos, incómodo. De allí en más todo fue un trastorno; el antibiótico que debía tomar cada 12 horas, perdió el turno y la cuestión pasó a ser de emergencia médica. La pregunta: ¿lo tomo con una diferencia de 11 horas o de 13? Y el problema no es menor.
Los virus esperan su drástico veneno a la hora señalada y si llega antes o después, el efecto no es el mismo que si llega a su debido tiempo.
Por suerte, uno de mis compañeros de mesa es médico y encontró una solución, de cuya comprobación científica no estoy seguro, me dejó medianamente conforme: "Tomá la próxima dosis, media hora antes (o sea con 11.30 hs. de diferencia con la anterior) y a la siguiente bajale otra media hora".
De allí en más una catarata de molestias alteró mi rutina. Al día siguiente debía venir a trabajar -las noticias no conocen de feriados-, pero mi cuerpo reclamaba la hora de sueño que me habían robado.
Uno de mis compañeros de tareas -y por ende, también de infortunio- compartió conmigo una información preocupante: por cinco días íbamos a estar en el limbo, en estado de jet lag.
El asado de mediodía se demoró por falta de apetito, nadie quiso comer una hora antes del reclamo estomacal y el almuerzo se convirtió en algo así como five o clock tea.
Soy una persona previsible, ceno temprano y me acuesto cerca de las 11. Un rato más tarde ya estoy dormido. Pero entre la noche del domingo y las primeras horas del lunes, mi ser no encontraba su razón. A las 3 de la madrugada, seguía haciendo zapping, en un vano intento de conseguir que el aburrimiento me derrumbara y el sueño ganara la batalla. Nada de eso ocurrió. Sólo logré dormir unas pocas horas antes de que sonara el despertador -con la hora robada adentro- y me recordara que debía arremeter contra otro infortunado día, que seguro iba a ser igual al anterior.