Toda obra de arte plástico, sea cual fuere su presencia material tanto en el plano bidimensional como en el espacio tridimensional es esencialmente una proposición formal que manifiesta y pone en foco de atención un asunto, un tema elegido por el autor quien pone a consideración de terceros esa, su reflexión, cristalizada en pinturas, dibujos, esculturas, etc, creando un inmaterial puente de conexión entre la misma y su ocasional espectador.
Apelando al nomenclador genérico de Figurativa o Abstracta, la obra en cuestión cobra "vida" cuando alguien se detiene y la mira, descomponiendo y componiendo la estructura formal que tiene ante sí, intentando aprehender su sentido y significado.
Se trata de mirar, esto es, poner en foco de atención aquello que deliberadamente contrasta con el entorno, demandando un recorrido visual de cada una de sus partes y el todo en el cual la voluntad inquisitiva, la capacidad comparativa y la opinión subjetiva dan por resultado eso que llamamos experiencia estética significativa, movilizadora de la conciencia. Ver no es sinónimo de mirar, ya se sabe... Lo primero refiere al hecho biológico ajeno a la voluntad y es el resultante del funcionamiento de estructuras neurológicas y psicológicas preexistentes.
Mirar significa "prestar atención" deliberada a un accidente que entra en el campo visual exigiendo repetidos acomodamientos en fracción de segundos. Mirar es pues atender deliberadamente a algo, escudriñar la superficie de lo mirado, su masa y sus accidentes, sus contrastes cromáticos y sus orientaciones espaciales relacionando partes y todo de manera constante. Es capturar algo incorporándolo como experiencia vivida en la cual la mirada toca y recorre superficie y envía información al cerebro, el que automáticamente procesa y envía respuestas. Este paso inicial de encuentro, esta proposición de diálogo interpersonal silencioso coagula en respuestas recortadas, de aceptación, indiferencia o rechazo.
Cualquiera de estas acciones automáticas son en principio atendibles, a sabiendas de que cuando se mira una obra de arte se aplica sobre la misma, de modo inconsciente, una retícula construida con saberes previos incorporados, tanto por experiencia como por aprendizaje. En el ajuste o desajuste de la citada grilla entre aquello que se ofrece a la mirada y la ponderación de ello se articula un discurso que se sostiene apelando una y otra vez a verificaciones que brinda el conocimiento nutrido por la experimentación y la reflexión que se desprende al consultar los marcos teóricos preexistentes.
Esta retícula de evaluación de la obra se vincula con concepciones culturales e históricas que constantemente se enriquecen con nuevos aportes, se estanca a voluntad o, por el contrario, se retrotrae compulsivamente cuando aquello con lo cual nos enfrentamos amenaza nuestro entendimiento y nuestro equilibrio subjetivo.
Cuanto más rica y diversa en potenciales respuestas tenga la llamada grilla comparativa, mayor será la gratificación visual y al mismo tiempo más exigente será la mirada evaluativa y de apreciación; mayor intensidad tendrá la fruición estética. De hecho se aprende a mirar como ejercicio inteligente y esto retroalimenta nuestra sensibilidad y nuestro conocimiento de manera constante en tanto nos lo propongamos. Atascamos prejuiciosamente en un solo escalón insistiendo-nos a fin de ganar autoconfianza en frenar nuestros potenciales expresivos y nuestras experiencias acumulativas. De sobra se sabe que la ignorancia es una carencia a superar y no una virtud a exhibir. Conocer permite apreciar con mayores y mejores matices y argumentaciones, lo que no significa necesariamente disfrutar.
Cuando miramos detenidamente algo ponemos en funcionamiento un proceso intelectivo y volitivo que entrelaza las funciones propias del conocimiento, re-conocimiento, ponderación, asociación y respuesta interior, construyendo un discurso que se exterioriza de distintos modos, dando carnadura a la comunicación que nace de la previa expresión creada a partir de cero.
Apoyándonos en un criterio historicista que vale para la cultura visual occidental podemos señalar tres momentos definidos por otras tantas teorías de validación o rechazo del Arte Plástico, sucesivos en el tiempo y que hoy conviven con distintas argumentaciones.
Ellos son: a) El criterio de comparación y semejanza (desde el Pre-Renacimiento Florentino Siglo XII-XIV). Hasta b) El criterio de captura del instante y de la luz, a modo de instantánea, para desembocar en c) El criterio de construcción plástica independiente, la Abstracción Absoluta de nuestros días.
En todos los casos la aparición de un criterio no significó la desaparición de los otros, que conviven con distinta suerte en diferentes espacios. La calidad de la obra nunca está sujeta a estos parámetros, que siempre son subsidiarios de la misma.
En la próxima nota desarrollaremos con mayor extensión los llamados criterios de valoración, aportando ejemplos que clarifiquen en lo posible lo desarrollado conceptualmente.
Domingo Sahda