Lo religioso en la construcción de la Santa Fe moderna y plural

Suele ser un lugar común entre historiadores, cientistas sociales, educadores y dirigentes políticos afirmar que la construcción de la Santa Fe moderna en las últimas décadas del siglo XIX con la ocupación del territorio y la llegada de la inmigración se hizo a partir de valores tales como el trabajo, el esfuerzo, el ahorro y la austeridad que portaban nuestros bisabuelos y el rol del Estado y la educación laica propios de la nueva clase política que llevaba adelante el proyecto, por no citar sino algunos.

A la par, se suelen obviar otras notas propias de esa etapa como el sentido de la familia, el espíritu de acumulación de los colonos, el individualismo, la mentalidad discriminatoria para con el criollo y el antiestatismo.

Sin negar la validez de los valores señalados en primer término -que compartimos-, hay un aspecto que suele ser ignorado, esto es, lo religioso como animador no sólo en el plano íntimo de la vida de aquellos esforzados colonos sino de la vida societal.

Es cierto que se podrá decir -y con verdad- que no todos los inmigrantes y sus descendientes eran católicos, "protestantes" o judíos, pero con el mismo criterio se puede afirmar que no todos los constructores de la Santa Fe moderna vivenciaban los valores reivindicados tal como lo deja ver mi coterráneo Pedroni en su poema "Precio" en que recuerda al que "... vendió su tierra por una damajuana de vino".

Sin duda que las teorías de la secularización identificaron lo religioso y en particular el catolicismo con el mundo colonial y si en este contexto aceptan su importancia o al menos su rol como agente de "control social" y disciplinador, consideran que en la nueva etapa que se abre a partir de la organización del Estado nacional los agentes de cambio y de desarrollo son otros.

En este sentido cabe recordar a J. B. Alberdi quien en "Bases..." sostenía que si en la Edad Media los monasterios habían sido los agentes de progreso, en la nueva etapa que se abría lo eran los ferrocarriles -quizás la expresión más alta de la modernidad por entonces-, esquema desde el cual no sólo se construye la Argentina moderna sino también desde el que se interpreta el proceso histórico con la consecuente negación del papel de lo religioso.

Con singular agudeza, el joven investigador rosarino Diego Mauro (UNR-Conicet) ha señalado que "estrechamente vinculados a los supuestos de la secularización, los enfoques historiográficos emergentes de la idea de modernidad han contribuido directamente, en otros trabajos, a invisibilizar la presencia de lo religioso y a obstaculizar el desarrollo de la historia del catolicismo y obviamente el de otras iglesias de menor incidencia cultural y social".

Un contemporáneo del proceso al que hacemos referencia, el también rosarino Gabriel Carrasco, señalaba en 1887 ante la élite positivista de la Sociedad Argentina de Geografía que "el colono es esencialmente católico, o esencialmente deísta, cualquiera sea su religión, por lo general, como nuestra inmigración pertenece a la raza latina, es católica. Son hombres acostumbrados a cumplir con sus deberes religiosos, y el día domingo, que ellos santifican a su manera, de una o dos leguas o más, se dirigen al punto más cercano que tenga iglesia, para cumplir con sus deberes religiosos".

Otro testimonio elocuente del valor que lo religioso tenía para los hombres y mujeres simples que construyeron la Santa Fe moderna lo encontramos en la correspondencia de "Los Racca" donde aparecen expresiones como "gracias al cielo", "Dios me dé salud", "espero que la ayuda de Dios", "no dejo en mis plegarias de rogar a la Santísima Virgen...", "... si Dios quiere", "... rueguen por mí, que yo ruego siempre por ustedes", "miren de ir a Misa, yo siempre he ido", "mirá de encargar dos misas", "vamos a misa todas las fiestas", "no me gusta porque no podemos ir a misa", "este año tenemos un buen grano y si Dios lo conserva hacemos muchos quintales", "si pueden mandarme aquel devocionario", "agradeciendo a Dios...", "espero verlos todavía, si el Señor lo permite", "paciencia, el Señor ha querido así", "... recuerda de rogar a la Santa Virgen", "te recomiendo ir a la Iglesia", "nuestra querida nona se ha ido al paraíso, si Dios quiere" y otras por el estilo, muchas de las cuales se repiten.

Ésta dimensión no ha sido ignorada por el ya citado Pedroni en su reconstrucción mítica de la fundación de Esperanza, quien tras señalar que "con tu nacimiento se alegró la tierra. Fue el día de la Virgen. No fue un día cualquiera" estructura buena parte del poema sobre la base de las Letanías marianas. Ni por otros representantes de nuestra literatura regional, como L. R. Balbi (J. Aráuz) en quien la religiosidad de los piamonteses recorre su obra, al punto que inicia su "Continuidad de la Gracia" con una carta de Ludovica Lucca en la que se lee: "... cuando cae la noche, cansados como estamos del día que pasó y por los que nos esperan, nos acordamos de agradecer a Dios que no nos abandona y, antes de acostar al Elmo y al Fabián, nos arrodillamos todos y rezamos el rosario pidiendo por la continuidad de la gracia y que nos ampare ...".

No deja de ser llamativo, en este sentido, que mientras los responsables de captar los hechos históricos en su integridad suelen ignorar el hecho religioso, los poetas y narradores de la región -más allá de sus creencias- no pasan por alto esta vinculación entre nueva sociedad y religión, ya sea como vivencia personal de los protagonistas del acontecimiento colonizador o como representación institucional a través de la presencia del campanario y del sacerdote, en algunos casos citándose al pasar y en otros como un constitutivo fundamental.

Así, a los ya citados podemos mencionar a N. Battú (Emilia) quien en su saga (elaborada con gran imaginación y estricta base histórica) dedicada a las saboyanas y a las italianas y al mundo que los inmigrantes construyeron y al que dejaron, no deja de resaltar aspectos que hacen a la vivencia religiosa; J. M. Lupis (Reconquista), al evocar la mujer campesina la recuerda enseñando las primeras letras y a rezar sea cual fuere la religión profesada; el poeta O. Cirigliano (Suardi), "Santa mujer, santa madre/ es la esposa del labriego/ que en su hogar y con su fe/ a Dios ofrendó sus ruegos" o A. Balzarino (V. Trinidad) "... mi abuela, esperando únicamente de Dios la solución a todos los males, acudía presurosa a las misas y procesiones y novenas que el padre Joaquín celebraba para que la colonia fuera bendecida por una lluvia abundante".

En cuanto a la valoración de la religiosidad en su proyección social e institucional la encontramos entre otros en A. Biagioni (Gálvez): "Aquí está el caserío soñando entre cereales/ Iglesia -ícómo crece y echa su torre!-, hotel,/ fonda rival de sopa sabrosa sin mantel,/ y próspero negocio de ramos generales" y en M. Vercchioli (Rafaela): "Y ya se crea la primera escuela,/ ya la capilla. Y ya se instalan/ el remendón, el herrador, la tienda..." o "El Domingo del pueblo/ es una Iglesia de campanas/ que se derrama dulce/ por las campiñas aledañas".

Pbro. Edgar Stoffel