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Juan Manuel Fernández - [email protected]
En una mañana de enero como tantas, entra un cliente a una veterinaria de Santa Rosa de Calchines y pide "pasto". El hombre en realidad usa ese término para saber si hay fardos para alimentar a sus animales. Como él, muchos ganaderos de los departamentos costeros tienen el mismo problema para hacerse de forraje en los momentos más secos del año. Sobre todo aquellos que tienen su hacienda en los campos bajos y cañadas que se extienden, de norte a sur, entre el albardón costero y el arroyo Saladillo Dulce, donde predominan espartillos y pajonales.
Encontrarle la vuelta a este recurrente dilema, y al mismo tiempo intensificar la actividad ganadera, fue el desafío que se plantearon un par de profesionales y un puñado de productores. La idea se puso en práctica en 2005 sobre la base de dos ejes: controlar los pajonales mediante tratamiento químico (uso de herbicidas) y garantizarle suficiente humedad a los pastos naturales utilizando taipas para retener el agua de lluvia. Los impulsores, el ingeniero Rodolfo Vicino, responsable de la delegación San Javier del Ministerio de la Producción, y el médico veterinario Leandro Trevisani, asesor del Programa Carnes Santafesinas, ya esbozan las primeras conclusiones: la producción de materia seca puede crecer hasta 5.000 k/ha, lo que permite triplicar la carga animal hasta llevarla a 1 EV/ha. Además, la supresión de los pajonales conlleva un ahorro de mano de obra para el manejo de la hacienda y se evitan pérdidas al momento de las pariciones.
Cuando pensaron en impulsar la ganadería de la zona, la intensión fue "no amontonar vacas sino mejorar los índices de producción", explicó Trevisani, quien asiste a 12 productores de Santa Rosa de Calchines que, en conjunto, explotan 18.627 hectáreas de las cuales alrededor de un tercio (6.475 hectáreas) son campos bajos compuestos en un 90% por pajonales y 10% por montes.
Los problemas iniciales eran la baja receptividad de los terrenos, que sólo admiten 0.3 EV/ha (o sea 1 vaca cada 3 hectáreas) debido a la escasa oferta de pasto que ofrece el pajonal; la falta de apotreramiento (hay parcelas de hasta 1.000 hectáreas sin aguada); y el predominio de espartillo en lo suelos salitrosos. En tales condiciones, las variables productivas son muy disímiles: tanto puede lograrse más de 90% de preñez como sólo 50% de destete.
En primer lugar, entonces, se pensó en atacar el pajonal. Para ello decidieron hacer una prueba sobre 80 hectáreas de 4 productores. En diciembre de 2005 realizaron la primera aplicación aérea de glifosato (Rund Up Full II) en diferentes dosis: 2, 3 y 4 litros por hectárea. Las más efectiva fue la de 4 l/ha, aunque igualmente hubo un rebrote del 40% que fueron tratados nuevamente en abril del año siguiente. El procedimiento implicó la quema posterior al secado de las plantas. Pero en un caso se hizo a la inversa (primero se quemó y luego, a los 3 meses y medio, se trató con herbicida) y así se consiguió el mejor resultado con una sola pulverización.
Una vez limpios los lotes de paja, la penetración de la luz solar facilitó la germinación del banco de semillas nativo y así emergieron los pastos naturales, entre los que predominan tres variedades con gran potencial forrajero: Luziola, Verdolaga y Capín. Las mediciones indican que se consiguen hasta 5.000 kilos MS/ha/año que, aunque el aprovechamiento real es del 70% por la merma del pisoteo y el bosteo de los animales, es suficiente para llevar la carga animal de las actuales 0.3 EV/ha a 1 EV/ha.
Pero además, erradicar el pajonal, que puede alcanzar hasta 2.50 metros de altura, significa que la hacienda ya no puede esconderse, se facilita su manejo y obtienen ganancias económicas. En primer lugar se necesita menos gente para mover el rodeo; luego, ya no se pierden terneros que tras el nacimiento, por falta de atención (porque no se encuentran), se embichan y mueren; y tampoco se lastiman los caballos, que en el pajonal, por no verlos, se llevan por delante los tacurúes.
Muerta la paja, para resolver el problema de humedad en el suelo había que hacer algo más. Entonces se echó mano a la experiencia arrocera de la zona (y en particular del ingeniero Vicino, un verdadero experto en la materia) y se pensó en las taipas, esa especie de pequeños terraplenes que sirven para inundar los campos de arroz. Se aprovecharon las viejas, ya existentes en potreros que se habían dedicado al cultivo, y se hicieron otras nuevas con el objetivo de retener al máximo el agua de lluvia.
Esta alternativa fue posible dado que los pastos naturales, como Luziola o Leercia, tienen la capacidad -como el arroz- de respirar por las hojas aún con las raíces inundadas. A su vez controla las malezas que no soportan el anegamiento, en particular el espartillo y el "pelo de chancho". Pero también produce cambios físicos y químicos en el suelo; por ejemplo estabiliza el PH facilitando por lo tanto la disponibilidad de nutrientes, sobre todo de fósforo.
En Santa Rosa de Calchines este sistema se está probando en unas 500/600 hectáreas, pero la experiencia se repite también en otras localidades de la costa como San Javier, Alejandra y La Brava.
Por el momento en el departamento Garay se aprovecha sólo el agua de lluvia o bien alguna crecida del Paraná, ya que con 4.5m en el puerto de Santa Fe el agua ingresa por si sola a los campos. Pero lo ideal sería contar con la infraestructura que dejaron las viejas arroceras para realizar un riego artificial por bombeo desde el río San Javier. De hecho, Vicino comentó que en unos 60 kilómetros, entre Santa Rosa y Helvecia, existen 8 cruces de ruta de canales para riego en desuso. El problema es que falta un tendido eléctrico para un bombeo económico. En San Javier, donde sí tienen bombas eléctricas que se usan para el arroz, un productor hizo los números y concluyó que regar el pasto natural le costó $40/ha/año (y también se pueden regar otros cultivos como por ejemplo el maíz).
En épocas como la actual, en la que se necesita con urgencia encontrar tierra para desarrollar la ganadería, la combinación de ambas técnicas podría ser una alternativa muy útil. De hecho, Vicino considera que, en los distritos Santa Rosa, Cayastá y Sur de Helvecia, donde los suelos son más limosos y tienen mayor capacidad de retención de agua, podrían convertirse entre 8 y 10.000 hectáreas de bajos y cañadas en tierra óptimas para la producción ganadera.
Sabido es que el principal freno que encuentran los productores para la incorporación de tecnología está en el bolsillo. Y muchas veces sucede que el prejuicio supera a la realidad y no se adoptan técnicas que resultan económicas por creer, sin tener la información adecuada, que implican costosas inversiones.
Sin conocer los números reales, la experiencia desarrollada por Rodolfo Vicino y Leandro Trevisani en Santa Rosa de Calchines podría tildarse de poco realista, ya que significa gastos de avión y de maquinaria para el movimiento de suelos, además de otros insumos.
Sin embargo, las cuentas muestran otra cosa. Sobre todo considerando que son acciones conjuntas en las que los gastos se reparten entre varios productores.
Así, el control de pajonal demanda una inversión aproximada de u$s 30/ha (4 litros de glifosato a u$s 5.6/l más los u$s 6 la hora de avión). Y para la construcción de las taipas, que pueden levantarse con disco o con una "Champion", se necesitan $ 50/ha por el alquiler de la maquinaria más otros $16/ha por el servicio del topógrafo (que es lo que cobran en las arroceras).
Teniendo en cuenta que gracias a desembolsos de esta magnitud se puede triplicar la carga animal es natural que el interés de los productores por incorporar esta tecnología sea creciente. Por eso, ya hay varios que se anotaron para la próxima pulverización conjunta en Santa Rosa; incluidos algunos que ni siquiera forman parte del grupo local de Carnes Santafesinas.
Los 12 productores de Santa Rosa de Calchines que pertenecen al programa Carnes Santafesinas explotan, en conjunto, unas 18.627 hectáreas (el distrito tiene 50.000) de las cuales 8.002 son campos naturales y 6.745 bajos y cañadas. Con un total aproximado de 8.809 cabezas, la carga promedio es de 0.36 EV/ha.
Medidos en cantidad de cabezas, puede decirse que son 2 grandes, 5 medianos y 5 chicos. Tienen en común que todos trabajan sobre campo propio y la ganadería representa una actividad secundaria.