Editorial
Argentina siglo XXI

El actual esquema económico argentino se basa en la confianza. Pero no en la que genera un sentimiento de seguridad entre los distintos actores y que hace posible, por ejemplo, el crédito o las inversiones. Sino en la creencia de la autoridades nacionales de que el viento de cola es una constante inalterable e inagotable y que, por lo tanto, el futuro está garantizado. Según este paradigma, para qué derrochar energías en el desarrollo de estrategias de crecimiento o en la planificación de las actividades económicas que regulan la vida de los argentinos si se tiene al alcance de la mano ese maná que se llama soja (en realidad todo el complejo granario) con cuya renta todo es posible.

La que termina puede haber sido la semana más traumática para la economía mundial en muchas décadas. Todavía con resultado incierto, el derrumbe de Wall Street contagió al resto del globo y lo que hasta entonces era certeza (como el crecimiento imparable de la economía mundial) se tornó en incertidumbre. Máxime sabiendo, como coinciden casi todos los entendidos, que la recesión en el país del norte es un hecho; ahora sólo resta estimar qué tan intensa será y cuanto podrá durar.

En ese contexto la Argentina sigue confiada en el alto valor de los granos, principal fuente de ingresos que sirve para sostener el sistema de compensaciones a los alimentos como único modo de controlar la inflación o de financiar el gasto público. Lejos de idear políticas de estado que preserven el poder adquisitivo de los argentinos con empleo genuino, con desarrollo industrial, con créditos accesibles para el ciudadano de a pie, con infraestructura que impulse el crecimiento, los funcionarios prefieren confiar en que nada cambiará, que seguirá habiendo cosechas récord y que la soja seguirá cotizando arriba de los u$s 300.

Sin embargo, sabemos que cuando estornuda EE.UU. se resfría el resto del planeta. Y si el parate se extiende a los principales compradores de nuestra producción de alimentos los precios podrían caer arrastrando esa fabulosa caja recaudadora que sostiene las cuentas del Estado Nacional.

Como suele decirse, todo puede ser peor. Y si a ese posible efecto macroeconómico le sumamos una contingencia climática, como la actual La Niña que ya recortó el 20% de la cosecha maicera y amenaza con disminuir (por ahora) un 5% la de soja, la combinación podría ser muy peligrosa: menos cosecha a menor precio.

Salvando las distancias, la Argentina del siglo XXI se asemeja al mercantilismo español de los siglos XVII y XVIII que se durmió en los laureles gastando alegremente los metales que sacaba de América, sin otra estrategia económica más que la extractiva. Cuando los ibéricos quisieron reaccionar, Inglaterra, destinataria final de esas riquezas que trocaba por manufacturas, ya había desarrollado, merced a la innovación y el ingenio, la famosa revolución industrial. A partir de entonces (acontecimientos militares al margen) los sajones agarraron la sartén por el mango y los españoles se quedaron pensando por qué no habían sabido usar esa riqueza ostentada durante siglos. La oportunidad ya había pasado.