Campeador de misterios
Cultura y vida (fragmentos del capítulo 2 del libro "Atahualpa Yupanqui, campeador de misterios", de Fernando Boasso - Ediciones Consudec)

Al trovador Yupanqui, poeta popular y culto a la vez, hondo meditador y original concertista de guitarra, se lo mira -con razón- como singular y personalísimo. ¿Quién se arriesga, por ejemplo, a interpretar su "Payador Perseguido"? ¿Será que este argentino representa una personalidad artística aislada, sin contexto? ¿De dónde extrae el humus este árbol sonoro y vital?

Característica suya es, precisamente, el ser un creador e intérprete individualísimo, pero sin salirse de lo que pertenece a todo un pueblo. Sí, hombre de una tierra, de un pueblo con su historia, que encuentra vida en su singularidad. Aquí está su logro: un arte inconfundiblemente suyo e inconfundiblemente, al mismo tiempo, de nuestro pueblo. Siempre reitera que sus temas no le pertenecen en exclusividad. Así, dice de sus danzas y canciones que "me fueron sugeridas por ahí, en montes y cerros del norte argentino, por paisanos a quienes la vida les arrimaba una esperanza, les encendía un amor o les trizaba un sueño. Ellos no me dijeron en coplas sus alegrías y sus desazones. No. Las coplas se formaron dentro mío `porque sí', al evocar recuerdos del camino. Nacieron en la intimidad sonora de mi guitarra, volaron en busca de sus verdaderos autores: el viento y los paisanos...Estas melodías expresan el sentir de un puñado de criollos anónimos".

"Las coplas se formaron dentro mío ... al evocar recuerdos de camino". Se las contó el viento de nuestra tierra: recogidas del pueblo, no son de nadie siendo de todos. De ahí su valor universal. Porque cuanto más se cava en el terruño particular para comprender mejor, tanto se toca y expresa más cabalmente lo universal. Descubrir a fondo su pueblo es describir al hombre universal.

El arte de nuestro trovador es la expresión de un pueblo.

Pero ¿qué entendemos aquí por "pueblo"? No la institucionalización política y jurídica, la nación, ni tampoco un sector social, sino lo que lo define en última instancia, que es su cultura; pero advirtamos que no según la acepción que se suele tener comúnmente, de "cultura" como conocimiento extenso en arte, historia, ciencias, filosofía, letras, etc., sino según hoy se entiende en antropología cultural. Cultura es, entonces, el conjunto de costumbres típicas de un grupo humano que entrañan y son configuradas a la vez por un conjunto de valores.

"Cultura" proviene del verbo "cultivar". Así, por ejemplo, al cultivo de la tierra o del agro se lo llama agricultura. Entonces, arar, sembrar, es cultura, También decimos "cultivar" una amistad (una relación social) y "culto" divino (un ritual religioso).

Fundamentalmente, pues, por cultura entendemos la actividad humana, según un modo típico, por la cual los hombres se relacionan con la tierra (la naturaleza), con otros seres humanos (la sociedad) y con lo sagrado (Dios). Todo el obrar del hombre se inscribe en esta triple relación de vínculo con la tierra, con los demás hombres y con lo divino (sea que lo afirme o que se lo rechace).

La más honda característica de un pueblo radica en su modo de "sentir" las cosas, de "resonar" ante ellas, de cultivarlas. Ello es su cultura. Y en el fondo de la actitud cultural de cada pueblo hay una conciencia común valorativa, que lo inclina por cierta escala de valores.

Por ejemplo, ¿cómo valora vivencialmente un paisano argentino un árbol junto al camino? Como un valor protector del hombre, casi como un amigo. Como una belleza natural, pero también como un valor festivo y social: el asado a su sombra, el mate que se asocia a la amistad. Constituye casi un ritual en el que el árbol ha oficiado de símbolo. Pero supongamos pasa junto al mismo árbol un inglés (fuerte genio económico), y seguramente que su espontánea actitud es muy otra: cómo podría industrializar la madera, cuántos metros cúbicos, qué ganancias... Aprecia el valor económico, con ojo comercial.

En ambas personas hay una distinta escala de valores que engendran percepción. Por eso, no vamos a buscar conclusiones de un antropólogo, sino a adentrarnos en el universo de un artista del pueblo. Vamos ahora a la montaña poético-musical yupanquiana para escuchar con él la conversación de las piedras y el canto de los ríos; nos volvemos camino con él para sentir el galope de los potros en la pampa ilímite. Aprenderemos la sabiduría del paisanaje, el sentir de sus corazones. Y miraremos los horizontes de infinito y de misterio que siempre está más allá.

Siguiendo su canto, peregrinaremos a las fuentes prístinas. Porque, como afirmaba otro creador popular, Carlos Di Fulvio, "el hombre, desde que es hombre, tiene necesidad de volver a las fuentes, y dentro de nuestra música y de nuestra poesía están las cosas fundamentales de nuestro ser".