Ante cualquier edificio público abandonado o que requiere ser reciclado; ante cualquier posible construcción de un centro comunitario; ante cualquier propuesta de salvataje de jóvenes en riesgo, escuchamos insistir que la solución estriba en la instalación de nuevos centros culturales. La paradoja que salta a la vista es que contemporáneamente a la proliferación de estos centros es a todas luces insoslayable el crecimiento de una progresiva y feroz degradación de la cultura, del retorno a una inocultable barbarie. Una paradoja que nos lleva a una constatación palmaria: los discursos y la realidad caminan entre nosotros por senderos inconciliables.
Los principales problemas relacionados con esta fiebre por conformar "centros culturales" radican en las confusiones sobre su carácter, su cometido y su misión.
Murgas, manualidades, talleres varios, son actividades loables que permiten ocupar un tiempo libre que de otra manera podría tomar peligrosas vías alternativas. Pero se ha instalado una gran confusión entre la competencia de los ámbitos escolares y extraescolares, entre la cultura y la diversión, entre los entretenimientos y los aprendizajes de un oficio.
En suma, así como en gran parte las escuelas han debido asumir roles de asistencia social más atinentes a otros ámbitos, actualmente se conciben estos centros culturales como un soporte que difícilmente puedan cumplir, dado que no tienen ni un específico carácter artístico o de concentración del conocimiento (los que, para entendernos, contemplan las galerías, los museos o las bibliotecas tradicionales) ni una clara capacidad educativa (cuya competencia pertenece al ámbito escolar y universitario) ni una definida índole recreativa (a la manera de las clásicas vecinales, las "canchitas" barriales o parroquiales, los clubes de barrio, etc.).
De tales confusiones surgen algunos malentendidos, como el creer que tales centros culturales y sus talleres puedan otorgar un oficio o habilidad, o que sus producciones deban ser apoyadas y admiradas por la sociedad y los poderes públicos. Así, creaciones primarias pretenden erigirse en notables y dignas de consideración. De hecho, a veces logran una piadosa adhesión merced a una falsa conciencia social culposa, y suelen escucharse aplausos que no condicen con el real valor de tales manifestaciones artísticas o artesanales.
De esta manera se coadyuva a crear un círculo vicioso en lo que atañe a la educación del gusto público, que es una de las componentes de la declinación cultural a la que asistimos a todo nivel.
El problema de fondo reside en que los primeros defraudados suelen ser precisamente aquéllos a quienes están destinados tales esfuerzos, ya que a menudo estos ámbitos llamados "centros culturales" parecen prometer de modo confuso un acceso a otro estadio de desarrollo intelectual que raramente se cumple. Otro efecto negativo es que suele diluirse la básica noción de que el crecimiento personal y social sólo se logra con esfuerzo y trabajo.