Un santafesino en Israel
Huellas antiguas en un país moderno
Por Rogelio Alaniz

Desde la ventanilla del avión distingo la línea de la costa. Estamos llegando a Tel Aviv y la tarde es limpia y clara. El Mediterráneo tiene un color verde oscuro que contrasta con los diversos tonos de blanco de las construcciones de la ciudad. Desde la altura se observan edificios, avenidas, puentes y amplios prados verdes.

Tel Aviv es una ciudad moderna, me dice un compañero de viaje. Una ciudad que no se diferencia de las grandes ciudades de Occidente, con todas sus virtudes y también con todos sus defectos.

El aeropuerto Ben Gurion dispone de comodidades que no he visto en Barajas y mucho menos en Ezeiza. Pasillos amplios, grandes ventanales, rampas, un bar inmenso iluminado de luz y en el centro, una curiosa fuente de agua rodeada de verde. Atendiendo la realidad militar de Israel, siempre imaginé un aeropuerto controlado por soldados armados, con celosos funcionarios revisando las maletas y palpando de armas a los viajeros. Nada de eso. En Ezeiza hay más policías y, por supuesto, más inseguridad que en el Ben Gurion

Los trámites para ingresar son simples, el control del pasaporte y nada más. Las maletas las recibimos enseguida. Nadie las revisa, no hay hombres armados, nadie nos controla. A decir verdad, una verdadera decepción para un periodista que alienta la fantasía de vivir emociones fuertes.

Ocurre que en Israel, la seguridad es un asunto serio y, por lo tanto, no se pierde el tiempo en aparatosidades o en molestar a los que no hay que molestar. Digamos que para los inocentes pasajeros que llegamos a Tel Aviv, la seguridad es invisible, todos hemos sido controlados, pero nadie se ha dado cuenta. Cuando se está en guerra o se viven situaciones de guerra, no es posible darse el lujo de perder el tiempo con aparatosidades innecesarias o papelerías burocráticas. La policía o el ejército están para proteger, no para inspirar miedo o provocar molestias.

Nuestros amigos nos esperan. Ella se llama Paula y es de Santa Fe; su padre es un médico conocido de la ciudad. El marido, Quiora, es de Concordia, viven en Israel desde hace más de veinte años. Con ellos está una de sus hijas, Danielle, una adolescente hermosa que dice que aprendió a bailar tango en Santa Fe. El destino del viaje es Metula.

Metula es un pueblito ubicado al norte de Israel, a unos doscientos kilómetros de Tel Aviv. Aún no son las cinco de la tarde y ya está oscureciendo. Estamos en pleno invierno pero la temperatura no supera los quince grados. Viajamos por una autopista que nada tiene que envidiarle a la más distinguida autopista europea.

El parque automotor es impecable. Todos los años los automovilistas están obligados a verificar el estado del auto. La velocidad máxima en las autopistas es de 110 kilómetros. No hay mucho margen para hacerse el Fangio. Los sistemas de radares y los inspectores lo impiden, y las sanciones que se aplican dejan sangrando el bolsillo.

Según las prescripciones religiosas, cuando sale la primera estrella del viernes se inicia el Shabat, la celebración religiosa equivalente al domingo para los cristianos. El Shabat es respetado por los judíos, pero no todos lo viven de la misma manera. La religiosidad es un componente fuerte de la cultura judía pero no es el único y para algunos, ni siquiera el más importante. Ser judío es algo más que ir a la sinagoga los sábados, pero, sin lugar a dudas, es también ir a la sinagoga.

El Estado de Israel es judío pero no es confesional o teocrático. La tradición explica la unidad del pueblo judío, pero, jurídicamente, su resolución es el contrato constitucional.

Israel es un estado de ciudadanos que sostiene el culto judío, pero la libertad religiosa está garantizada para todos. También es un estado en donde se discute, y se discute mucho. Basta ver los programas políticos de televisión o las notas de las revistas y diarios para verificar que las libertades se ejercen.

No hay matrimonio civil. El tema se ha debatido y se sigue debatiendo. Los Padres Fundadores no eran religiosos, pero hicieron algunas concesiones que hoy parecen innecesarias, que en su momento fueron indispensables para asegurar la cohesión nacional. Ben Gurion era un socialista que leía más la Biblia que El Capital de Marx. Para él, la Biblia era algo más que un libro sagrado, era un texto de historia, un depósito de sabiduría política y una fuente de inspiración moral.

En menos de dos horas estamos en Metula. Pasamos por Nazareth. Es de noche y sólo distingo desde el auto las sombras del paisaje. Por estas tierras, hace dos mil años anduvo predicando un muchacho cuyas parábolas aún siguen asombrando por su sabiduría y belleza. Soy algo sentimental y la sensación de saber que esas montañas y serranías, ese paisaje áspero iluminado por la luz vacilante de las estrellas, es el mismo que seguramente contempló el Nazareno, me provocan una vaga inquietud, esa percepción de cercanía con el pasado más relacionada con la poesía que con la historia.

En Israel no sólo viven judíos. Hay un gran debate abierto sobre la diferencia entre la condición de israelí y la condición judía. Dicho de una manera simple: Israel fue fundado por judíos, pero excede a los judíos. Alrededor del veinte por ciento de la población es árabe y un dos por ciento es cristiana. Los árabes israelíes tienen sus barrios, sus pueblos y hasta sus propios partidos con representación parlamentaria. Habitar junto a los árabes es uno de los principales argumentos de los judíos para demostrar su talante democrático y su capacidad de convivencia. Sostienen que en los países árabes los judíos no disponen de esas libertades. Es más -agregan-, los árabes de Israel ejercen libertades que en los países árabes sus gobernantes les niegan a sus gobernados.

Ya es noche cerrada cuando llegamos a Metula. Las luces de un pueblo del Líbano se ven tan cerca que un viajero distraído podría confundirlas con Metula. La casa de Quiora y Paula es un chalet de dos plantas con un amplio ventanal al valle. Como todas las casas de Israel, una de sus habitaciones está blindada. Nos explican los detalles sobre las posibilidades que tienen estas edificaciones para resistir las bombas con la misma naturalidad con que nosotros explicamos las bondades del acondicionador de aire que acabamos de comprar para combatir el calor.

Guilli es el hijo mayor de nuestros anfitriones. Es un muchacho de 21 años que acaba de terminar el servicio militar. La milicia en Israel es de tres años y atendiendo la realidad local, los muchachos están algo más ocupados que nuestros folclóricos colimbas, dedicados a lavarle el auto particular a sus oficiales. La milicia en Israel no es para tomarla en broma. Son tres años intensos de preparación militar que no se reduce a lecciones teóricas o a rituales ridículos.

Entre Israel y Argentina hay cuatro horas de diferencia. Desde la mesa donde escribo, alcanzo a ver el caserío de una población libanesa y más allá, perdida entre la bruma, un fuerte que según la leyenda levantaron los cruzados allá lejos y hace tiempo. Desde la ventana escucho el canto de los pájaros, unos gorriones juegan entre las ramas de un manzano. Desde la calle, el viento trae retazos de la música de una mezquita convocando a los fieles a rezar mirando hacia La Meca.

Después de casi dos días sin dormir, nos hemos despertado con Marisa y desde la ventana del dormitorio miramos los cerros nevados del Líbano y los techos rojos de un kibutz rodeado de pinos. Con el auspicio de los dioses nuestra primera jornada en Israel está a punto de iniciarse.