Los más vivos del mundo

Domingo 21 hs. La costanera santafesina parece un caminito de hormigas. Durante la semana, la ciudad está vacía, pero el domingo, cuando baja el sol, quienes han debido quedarse, salen de sus casas a disfrutar del río y sus orillas.

Están los que caminan, los que corren, los que andan en bicicleta. Todavía algunas familias demoran el mate de la tardecita, los chicos juegan en la playa, los perros se pasean con sus dueños. El cambio de horario ha dilatado las tardes hasta la hora de la cena.

Sobre la acera, autos estacionados y jóvenes reunidos alrededor de los parlantes, que emanan música estridente. Los coqueteos (aunque las formas y las costumbres cambien, no dejan de ser coqueteos), las risas, las miradas. En la cinta asfáltica el tránsito es lento, los automovilistas y los motoqueros se pasean. Ven y son vistos.

El faro, y un poquito más allá, en la vía que corre de norte a sur... control municipal. La cansina rutina dominguera se rompe. De repente, un motociclista avista el operativo. Acto seguido, como presa que huye de su cazador, con mucha adrenalina corriendo por su cuerpo, realiza una brusca maniobra, gira noventa grados, atraviesa el cantero, doblando la velocidad a la que circulaba, agarra por la mano contraria y se va.

En su espantada, va avisando a los motociclistas que circulan por la misma mano en la que él lo hacía instantes antes, que más adelante está el control. La maniobra por él realizada es repetida por varios. El tránsito se vuelve muy peligroso.

Evidentemente, el argentino medio se cree el más vivo del mundo, sobre todo cuando de transgredir normas y controles se trata; lástima que tengamos índices de mortalidad por accidentes (y otras causas) alarmantes. Cuando uno circula sin los elementos de seguridad necesarios según corresponda a cada vehículo, en condiciones físicas no aptas para conducir, o cuando lo hace sin respetar las normas de tránsito, no sólo está poniendo en riesgo la propia vida sino la de todos los que están a su alrededor. Cada uno de nosotros puede transformar un domingo encantador en una tragedia...